PARADOJAS DE LA TERAPIA GRUPAL

Por Edgaróvich.


Dejar de fumar.

 

La verdad es que el programa para dejar de fumar del INER (Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias) no sólo es una excelente opción para quienes necesitamos ayuda para superar la adicción al tabaco, sino que, hasta donde yo sé, es la única. Mi único problema serio con el programa tiene que ver con las así llamadas “reuniones de mantenimiento”.

Verán, el programa incluye diez sesiones terapéuticas grupales durante cinco semanas. A partir de la segunda semana, uno deja de fumar. Hasta ahí, todo bien. Después de las diez sesiones, se invita a los participantes a una reunión mensual de mantenimiento para evitar recaídas y, en caso de que ya se haya dado la recaída, reiniciar la abstinencia. Son reuniones de dos horas en las que se invita a los participantes a presentarse, contar cuánto tiempo llevan sin fumar, contar su experiencia, etc.

Primer problema: todos quieren contar demasiado, no sólo cuánto tiempo llevan sin fumar, sino cuánto tiempo fumaron, a qué edad iniciaron, cuántos cigarros diarios, con qué bebidas maridaban el tabaco, lo agradable que les resultaba fumar en la regadera o celebrando las fiestas navideñas, los cumpleaños, en las pláticas de café, en las mañanas frías de noviembre, lo mucho que se les antojó comprarle al descarado que vende cigarros sueltos afuera del hospital, etc. Todo lo necesario para despertar en uno muy buenos recuerdos y muchas ganas de volver a fumar.

Durante la segunda hora, una terapeuta trata algún tema psicológico relacionado con la adicción al tabaco. Segundo problema: casi nadie entiende nada de lo que dicen los psicólogos, y las preguntas y “aportes” de los asistentes presentan un reto cruel e inhumano a quienes asistimos a estas sesiones con todas las ganas de dejar de fumar. Esta semana, por ejemplo, tocó el tema de “emociones”. Después de que la terapeuta explicara con gran soltura cómo es que el mecanismo de la evolución por selección natural pudo dar origen a las cinco o seis emociones básicas que compartimos con otras especies animales para así explicar el sentido original de fenómenos psicológicos como el enojo, la tristeza, etc., después de esta explicación, decía yo, levantó la mano un señor ya grande, muy entusiasta, pero muy desatinado:

Pues yo creo que si uno va a hacer algo, bien o mal, hay que hacerlo bonito. Si vas a tomarte una cerveza, pues mal, pero hazlo bonito. Y si no, si lo vas a hacer bien, hazlo bonito.

El señor se sentó, algunos aplaudieron, otros se quedaron pensando como si trataran de mirar la punta de sus narices, la terapeuta asentía con la cabeza como ausente, unos pocos nos miramos los unos a los otros, incrédulos o impactados, y creo que todos nos preguntábamos: “¿cuál era el sentido del enojo?”.

Ciudad de México.

 

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FILÓLOGOS ANTE EL DESASTRE

Por Leo Müller.

¿Para qué sirve un filólogo en un terremoto?

 

Sin duda los filólogos son los más habituados a buscar entre los escombros. De entre las ruinas de la historia han rescatado textos que valen por su calidad literaria, su profundidad filosófica y su invaluable testimonio de tiempos olvidados.

A pesar de su demostrada capacidad para lidiar con los desastres, nadie solicitó un filólogo el día del terremoto; en cambio, se solicitaron ingenieros, arquitectos, psicólogos y abogados. Incluso, pasados algunos días, se solicitaron artistas para recaudar fondos en un conciertazo en el Zócalo, se solicitaron políticos para hacer valer la ley, se solicitaron empresarios para que aportaran recursos económicos y reconstruir lo que tuviera que reconstruirse.

Yo no voy a culpar a nadie por no requerir a los filólogos ante el desastre, pero los estudiantes de Letras Clásicas de la UNAM se pusieron nostálgicos, casi grises, porque nadie los invitaba a participar, y como nos les bastaba con aportar a los centros de acopio porque: ¿cómo? Soy un estudiante de la alta cultura Griega y Romana, soy importante, soy importante y debo poder ayudar con el poder de las letras, comenzaron a buscar formas de ayudar, de solidarizarse como dicen.

Así fue como pronto idearon una forma de ayudar, ya antes vista y súper reconocidísima por todos, a saber: leer poesía en las calles. Después, ya entrados en confianza, iniciaron la rifa de libros para recaudar fondos. Este tipo de iniciativas, como suelo pensar, rebajan la magnitud del problema y me dejan frente a un triste panorama: los compañeros estudiantes no saben qué hacer.

No saber qué hacer es válido y reconocerlo es un buen principio; sentirse obligados a ayudar y hacerlo por hacerlo es una farsa. Faltos de guía, consuelo y explicación, los estudiantes continuaron con la fiesta de las rifas y la nostalgia triste menguó, se alivianó con el tiempo. Aun así, nunca supieron por qué nadie los solicitó y la cuestión sigue abierta, sin respuesta, a discusión.

Para soliviantarlos y comenzar una alegre disputa alrededor de aquella incógnita, ya instalada la deseada normalidad burocrática de las universidades, expondré mi reflexión para que no se les gangrene el cerebro colectivo, para que no se enfríen gargantas y palabras, por la cuales siento, yo también, tanto amor.

Para comenzar por lo más sencillo, como siempre, es evidente que muchos mexicanos apenas y han leído las novelas de José Emilio Pacheco, y eso porque se las dejaron en la secundaria; también, el habitante promedio de nuestra folclórica nación repudia a Cervantes desde la primaria y cree que Cien años de soledad es la obra más grande de todos los tiempos porque así se lo informaron: no sabe ni porqué, ni le interesa. Así que: ¿cree usted que el pueblo sabe qué es un filólogo? ¡Pues por ello no los ha solicitado!

Letras Clásicas aún no ha difundido lo suficiente la utilidad de sus conocimientos ni las virtudes de su saber. Alguna vez hubo un intento de difusión. En inmemoriables e inenarrables tiempos, intentaron mezclar un poema con el reggeton y aquello no salió muy bien. Han ocultado esa vergüenza con recelo y a pesar de todo la mentira se ha guardado bien entre nosotros, como un parricidio planeado entre hermanos. Gracias a DJ Chango por su interés en difundir la cultura. (https://goo.gl/PiiwLt) Este video es una joya literaria y documental en “sí misma”.

Después de descubrir que siempre se puede estar peor, pasemos a la siguiente razón por la cual nadie solicitó un filólogo en el sismo: porque los filólogos no hacen cosas prácticas. Los filólogos trabajan con algo que el ciudadano vulgar, aquel que todo lo resuelve con los músculos, considera demasiado abstracto: la palabra. Aquella consideración fría, ignorante y descortés no ha sido desmentida por los estudiantes. Todo lo contrario, ha sido reafirmada. Se pusieron a leer poemitas en el centro de Coyoacán a cualquier vago que se les atravesara.

Ahora bien, si me preguntan, el título de ingeniero y arquitecto les quedó muy grande a los estudiantes de esas respectivas facultades. Lo único que tenían que hacer para evaluar los daños estructurales, según los cursillos que dieron en Arquitectura, era interpretar símbolos, es decir, grietas… un trabajo muy contemplativo para aquellas bestias. Ese trabajo era, más bien, para los filólogos.

La última razón que pienso dictar, porque ya me cansé y son muchas, y la cual considero que es muy importante, es que al ciudadano promedio no se le ocurre pensar que la literatura tenga algo que ver con los grandes problemas, y todo por una confusión entre palabras. Confusión que siempre existirá pero de la que no todos están conscientes.

Ahora sí, ya llegué a lo abstracto, afinen sus oídos y preparen sus refutaciones.

La Literatura, así en general, Universal o Local, afina algunos sentidos que bien desarrollados ni falta haría hacer la pregunta tan consabida: ¿y para qué sirve? Porque de entrada, una pregunta tan arrogante siempre es hecha por alguien que confunde demasiado las cosas. A ver, ¿cuántas cosas de las cuales hace usted a diario son útiles, querida tía Margarita? ¿A poco México es una nación útil, pragmática? ¿Esta sociedad pendeja que lee poemas y vota cada seis años para elegir a un mandril por líder es una sociedad de cosas útiles? Confundidos así, los preguntones creen que los ingenieros, los arquitectos, los abogados, los médicos, los rescatistas, los políticos son útiles sin haber pasado por la literatura porque de ella, por supuesto, no podrían obtenerse los conocimientos para saber actuar ante un desastre. De lo anterior se deduce que tales profesionistas no leen, cosa que no es tan complicado observar. Ya se ve por qué alaban tanto a una perra llamada Frida: la predilección mexicana por las analfabetas. Ay, si la perra hablara.

En fin. Para redondear, tampoco es que leer sea todo, nadie dijo eso. Ya sé ve qué pasa cuando sólo se lee: se pronuncian poemas ininteligibles y se rifan libros. Mal, mal, mal.

Alguna vez intentamos aportar también a la movilización por los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Tanta hipocresía disfrazada de interés me hizo ver lo mojigatos que son los universitarios y también me mostró la confusión en la que me encontraba sumergido, además de ver que lo que realmente les hace sentido es obtener un título que los haga sentirse mejor consigo mismos, cosa que no está del todo mal, pero eso no es lo que aparece en su discurso.

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

 

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SOLIDARIDAD

Por Leo Müller.


Sólo durante siete días.

 

“No conseguirán engañarnos a todos, aunque a veces, parecemos tontos”

Enrique Bunbury (el filósofo), Parecemos tontos.

 

Me asombra un poco saber que el nuevo nombre de la mano de obra barata se llama solidaridad. Este ligero y nuevo cambio lingüístico se da en tierras mexicanas, donde hace poco ha sucedido un terremoto. En efecto, miles de personas salieron durante una semana entera a hacer el trabajo duro, arriesgando físico y empleo, sin más retribución que una conciencia tranquila y un reforzado sentido del deber y el patriotismo; todo ello mientras los políticos e instituciones se tomaban un descanso a cuenta del erario público.

Elogios aparte, me da gusto el apoyo incondicional que la sociedad aportó durante una semana: seguramente siete días compensan décadas de egoísmo. Ya ven que Dios hizo el mundo en 6 días, y el séptimo no fue a trabajar para que nosotros no nos sintiéramos culpables de descansar ese mismo día.

Si la sociedad no hubiera apoyado, los medios tal vez no hubieran tenido un símbolo con el cual dar atole con el dedo al mexicano patriótico. Afortunadamente quedamos algunos ciudadanos de a pie que nos damos cuenta de la manipulación tan grande que se aplica sobre la sociedad. Se repetía y vociferaba que México es un país solidario.

No, señores, no lo es. Es un simple país más, uno más de entre el montón de países del orbe y sus distintivos no son precisamente la solidaridad porque, díganme si me equivoco, ¿no es acaso que ante las más aberrantes injusticias permanecemos en silencio?; ¿no es acaso cierto que a diario vemos mucha gente sin alimento, ni vestido, ni techo en las calles, y no nos organizamos para darles una mejor vida, mínimamente digna?

Que no los quieran engañar y ustedes no quieran engañar durante siete días. La solidaridad no ha durado más que siete días, tal vez les concedo catorce. En el fondo sabemos lo que somos porque nos miramos en el día a día dentro de la configuración de esta triste realidad, y si usted no lo ve así, es porque no es muy observador.

Yo no tengo nada que recriminar a aquel que se refugia en el celular, en los estudios o en el futbol para no mirar el fracaso de sociedad que somos, pero no me quieran venir con el cuento de la solidaridad, porque me pregunto si mi país es verdaderamente estúpido.

Sea feliz y si comienza a temblar, antes de pensar en el prójimo, ¡corra por su vida!

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

 

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FRÍA LEY, CÁLIDO DIOS

Por Leo Müller.


¿Cómo se gobierna la sociedad?

 

Existe un tipo de hombre fácilmente identificable porque siempre, como hombre de instituciones que es, va trajeado y advierte con todo el debido respeto que todos estamos mal menos él mismo. De allí que se diga que su trabajo es pelear y estar siempre en conflicto con los demás. A menudo irritan a las bondadosas almas ciudadanas que con su cariñosa calidez suelen resolver las cosas, las cositas, los asuntitos. Mientras que los primeros hablan de hechos y leyes, los pobres ciudadanos hablan de maldad y bondad.

Los ciudadanos están convencidos de que la ley es un frío instrumento de los malos para acabar con la felicidad de los buenos. Todo lo que sale mal es por la maldosa maldad de los malos. Su requeteinteligente razonamiento de antemano los excluye, porque los hace ver como los buenos, y, si no es que son puramente buenos, al menos lo que hacen lo hacen porque son guiados por el bondadoso bien. Miel, azúcar, flores y cursilería. Pero sobre todo, en palabras de ellos, es calidez. “Es que los extranjeros se sorprenden de nuestra calidez” “Es que los artistas extranjeros aman a México por la calidez con la que los reciben”.

Tratar de convencerlos de que la calidez es más bien un defecto y una posible causa de todos nuestros males sería un interesante ejercicio dialéctico que acabaría con el cálido merecimiento a que te partan la madre, como dirían con folclórico cariño.

Por otro lado tenemos que la ley es fría, firme, dura. Cargar con su pesadez, aceptar las limitaciones que nos impone y asumir la responsabilidad de nuestros errores ante ella, son los sacrificios que debemos asumir para mantener el orden y la convivencia entre todos. Los hombres que se sustentan en ella están convencidos de que el problema principal de nuestro país es que la ley no se aplica al pie de la letra.

Así pues, resulta que estar en contra de la ciudadanía es estar en contra de la bondad y estar en contra de la ley es contravenir el orden. Ambos son ataques contra la sociedad. Unos dicen “está en contra de las instituciones”, los otros que “está en contra de lo bueno, que es usted malo, amargado, contrario”.

Claro que esto es simple y llanamente lo que cada bando se dice a sí mismo y a los demás para explicar sus actos, para mentir y no quedar mal ante alguien. Ese alguien para el bando de la legalidad seguramente es el dinero, las influencias y el poder, tal vez un superior, el jefe, el presidente, el director, el rector. Por eso tanto énfasis en el orden. El orden es la estructura que les permite seguir haciendo de las suyas; el orden es la repetición cotidiana de lo mismo.

Ese alguien para el bando de la calidez es nada más y nada menos que Dios. Dios es un dios, en su caso, muy particular. Este dios no es precisamente Dios, sino Dios, porque Dios no permitiría ciertas maldades, pero su Dios sí, su Dios permisivo, compasivo, caritativo, flexible… ¿Confundidos?

El interés principal de los ciudadanos no es la bondad ni la maldad sino salvar su alma, es decir, mantener su consciencia tranquila y convencida de que ellos se merecen siempre algo mejor porque se han portado bien. Se merecen vacaciones, prestaciones, riqueza, educación, amor, belleza, sexo heterosexual, hijos preciosos e inteligentes y sueldos muy muy elevados y hasta se merecen un lugar paradisiaco para después de morir… ¡hágame el favor! ¿Y su nieve?

Estos dos bandos están en constante conflicto porque la firme creencia en el valor propio de cada bando le resta fuerza al contrario. Sin embargo, se necesitan mutuamente, porque el aval del otro para cometer sus crímenes es la mejor forma de mantenerse impunes, incluso ante el acto más perverso, esclavista, criminal y asesino que pudiera imaginarse. En ocasiones ese odio que se tienen se difumina brevemente cuando se intercambian despensas por votos, indultos por influencias, tranquilidad por poder. Es por ello que instituyeron aquella forma civilazada de arreglar los problemas con acuerdos, negociaciones.

Lo que queda frente al Gobierno del Orden por estos dos bandos incultos, mentirosos y ambiciosos, es una imagen apocalíptica del futuro, sino es que vacía. Mirada con atención, esa visión apocalíptica les permite justificar su existencia, pues si el mundo no se ha vaciado por completo, según ellos, es gracias a la Ley y a Dios.

Vivir en una sociedad donde uno tiene que adherirse a la fría ley y a un cálido Dios, mientras a diario ni lo divino ni las instituciones logran resolver nuestros problemas más próximos, cuando no creemos ni sentimos pertenecer a ninguno de los dos bandos, nos hace ver fríos porque no creemos en nada y demasiado ígneos porque todo nos irrita. Somos la nueva síntesis donde se ubica el devenir del Gobierno del Orden.

 

leo.muller.platz@gmail.com

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