PREPOTENTES

Por Leo Müller.


Hace tiempo que nos han dado muestra de incapacidad absoluta, pero se empeñan en ocultarlo. Y tan difícil es, que se gastan muchos recursos en el juego de las simulaciones, en el retoque digital de la identidad. Su mejor pose es aquella en la que aparentemente detentan el poder. ¡Ay las autoridades, los puestos de poder!

Aunque ni siquiera haga falta, porque su fetidez, su pésimo uso de la lengua hablada, abundante en palabras demasiado manoseadas, su nula habilidad para escribir y su comportamiento calculadísimamente correcto los delata, de vez en cuando alguien los investiga y sale a la luz lo sabido por todos: que son unas finísimas personas.

Todo el tiempo buscan el modo de presumir sus logros, lo cual nos hace cuestionarnos en qué momento pudieron lograr lo que presumen si no se callan y se los ve siempre haciendo su autocampaña publicitaria: ¿a qué hora leen, trabajan, estudian, construyen?

Sus discursos acaban siempre con un autoelogio disfrazado de moraleja que, a decir verdad, para los que los escuchamos es un insulto que se antoja devolver, porque nos tratan como si fuéramos los humildes servidores de su saber y su éxito, mientras nosotros nos esforzamos en seguir siendo mediocremente unos don nadie.

Sienten que poseen algo que todos desean, es decir, ser el mandilón de una autoridad respetable; al resto de los mortales se nos congestiona la risa porque es evidente que ser mandilón no es nada deseable y que ninguna autoridad es respetable… ¿Pues qué no se enteraron de que Dios ha muerto? ¡Hay que ‘ler’ más eh!

Ante tan cómico estereotipo barato de personalidad que se cargan, su inconsciente suele convertirlos en algo así como un monstruo muy ridículamente tenebroso, es decir, en un prepotente: es algo así como un ñoño con una pistola, de esos que abundan en culturas angloparlantes. Ante el ñoñazo con pistola uno se reserva la risa para otro momento, pero el ñoño sabe que su poder se reduce a la cantidad de balas que le queden.

Desde niños los obligaron a ser los mejores, así que por ese simple hecho creen que lo son. La única forma de superación que conocen es a través del sufrimiento y luego, en sus ratos de soledad, esos ratos para ellos insoportables (porque en esa soledad no hay nadie a quien presumir nada), se preguntan por qué ningún hombre ni mujer los soporta. A menudo resuelven este problema con los hombres y mujeres comprándolos; aunque ante la sociedad se les note el odio que les tienen a las personas, nunca dejarán de sentir lo mucho que las necesitan ¿qué difícil no?

Todas estas grandes virtudes que los definen, virtudes cargadas de mucho histrionismo, hacen pensar en lo que popularmente se sabe: dime de qué presumes y te diré de qué careces. A todas luces son inútiles hasta para hacerse un sándwich y aún así creen que podrán resolver los conflictos mundiales con sólo alcanzar el puesto político más alto.

Ahora bien, todo parece estar dándoles la ventaja a pesar de que sabemos lo que valen… ¿por qué? Porque el orden actual nos hace creer que tienen poder, un poder que con un poco de organización hará ver lo que tienen bajo los calzones. El orden actual se muestra obsoleto cuando con un mínimo de poder cualquier loco bota la canica. Luego además, la sociedad les abre el paso a puestos directivos, rectorías y hasta presidencias.

Su palabra favorita es dictar y su inteligentísima estrategia de acción es implantar mecanismos para que todos se callen el hocico. Afortunadamente la abundancia de este tipo de personajes nos hace ver un horizonte muy prometedor, con oportunidades para todos. Ya ven que cuando la gente se harta, sale de vez en cuando un hermoso canto de protesta: de entre la cobardía reinante de hombres y mujeres, alguien por fin es congruente con los valores modernos. Lamentablemente en lugar de aprovechar que alguien ha alzado la voz para hacer coro, la mayoría decide callar como le gusta al prepotente: ya se ve porqué este espécimen animal llega tan lejos.

leo.muller.platz@gmail.com

 

Imagén de Diego Chacón®.

Autor: Leo Müller

Caminante de la Ciudad, adicto al café. Especialista en nada.

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