LA FUERZA DEL VOTO

Hace siete meses robaron mi información personal para hacer uso de ella en beneficio de las elecciones. Se supone que el culpable fue un candidato independiente a la presidencia. En aquellos momentos, después de la deleznable cita con la FEPADE, se me prometió que, al poco tiempo, se atraparía al culpable. Una institución pirata e hipócrita, la INE, vino, descaradamente, a buscarme para aclarar el asunto. Me negué. Yo tenía que ir a aclarar las cosas porque no supieron (?) que ellos fueron quienes desviaron la información desde su misma base de datos: información que me fue dada por la FEPADE.

Transcurrieron los meses, y nunca apareció el pirateador de votos y de firmas espurias; no se le encarceló. La FEPADE prometió que al poco tiempo brotarían las notas en los periódicos sobre el infractor. La FEPADE no volvió a llamarme; en el periódico no hubo notas sobre el presunto pirateador. Lo único que sucedió, para mi satisfacción, es que en las redes fue esparcido un video sobre el total fracaso de la INE, como institución electoral: ridículos trabajadores que no hacen su oficio, información filtrada, y una gorda que no sabía qué decir frente a las cámaras y el notario.  IFE, INE, y ¿ahora qué sigue?

Luego, Marychuy, quien parecía la más limpia entre todos, no calificó –o más bien, la descalificaron quién sabe por qué razones- para la candidatura y los debates: la prensa y el pueblo gentil no hizo demasiada mención sobre qué aconteció con Marychuy. Luego, vinieron los debates de cinco verduleros: una mujer sin talante e incapaz de expresarse oralmente –que además, como quien dice, no aguantó los putazos y se salió-; un ridículo que corta manos y quien probablemente espureó mi información;  un mocosillo que en videos, speaking english, afirma que con sus technologys enterprises logrará el cambio –no sé de qué cambio habla-, pero totalmente lo contrario de lo que sostuvo hacer como líder; otro tonto sacado del Parque Jurásico que dice que va a ganar sin fraude, pero que amenaza a los trabajadores para que voten por él, y el menos peor que nunca toma postura, se siente mesías y promete ver por los jodidos –a ver si es cierto-.

La lucha por el poder simboliza una cosa: hurtar a toda costa, acción que se refleja no únicamente en las altas esferas, sino hasta en los más jodidos.

En una ocasión, un viejillo ciego –o que se hacía el ciego, uno nunca puede estar seguro con estos artilugios de prestidigitadores- que se encontraba en las afueras de Bellas Artes quiso venderme mota en forma de pulseritas a la par que un adolescentillo barroso y repugnante que hacía las veces de ladrón, se acercaba para examinar cuánto me podía robar. Cuando respondí al ciego de la manera más amable que no requería de ellas, me insultó y me increpó con denominaciones contra las que justamente he procurado combatir con mis pocos recursos durante gran parte de mi breve vida.

¿A quién irle? Si a los jodidos o a los más venerables, es una pregunta de dudable respuesta. Tal vez no la tenga, y la que se acomoda egoístamente es: yo no estoy del lado de nadie porque nadie está de mi lado. Pero es la más plausible.

Más adelante, la democracia se viene abajo con la emulación de votos informados. Los intelectuales sacan a relucir todo lo que no vomitaron en seis años desde el fraude del copetudo. Entonces, durante mis horas de soledad literaria, el Pericles de Tucídides desaparece ante las críticas de redes sociales, y el ridículo mexicano, como degollando a Nicias, se metamorfosea en un ciudadano con derechos y deberes civiles: “Hay que votar, porque votar es un derecho.” ¿Derecho a qué? ¿A olvidarme por seis años del entero desmadre de un estado casi caído?

Las camisetas ya no sólo son verdes y charras, sino que son politólogas, filósofas, letradas, cultas, políticas, economistas, financieras, ambientales, científicas, jurídicas, psicólogas, médicas, ingenieras y no sé qué otro título más. ¡A arrogarse un papel a partir del cual nadie me ha preguntado nada! La contradicción lógica se hace patente en la excesiva argumentación, y el mexicano se vanagloria de ello. Argumentación que jamás salió a flote cuando tuvo que verse en los constantes problemas acontecidos en seis años, que ya no voy a enumerar porque ya se los saben de memoria.

Después, cercana la fecha de opípara controversia, gran parte del país es consciente de sus derechos y sus poderes; y muchos otros conocen de memoria lo que es la democracia. Yo sigo sin entender qué carajo significa esa forma de gobierno; creo que de nada me ha servido leer a Aristóteles ni de experimentar los látigos de la vida. Lo único que observo cada vez más es la falta de referentes para comprender los problemas del país; por otro lado, veo que casi todos están muy informados y que entienden mejor que yo esos problemas (¿¡cómo le hacen!?).

Después, muchos vienen a darme clases de las mil y una democracias existentes; después, yo vomito que estamos más perdidos que nunca, ¿cómo vamos a decidir así?; y luego me responden que las democracias de ahora son sistemas preestablecidos en los que ya no puede uno participar directamente en la política, pero que siguen siendo bien democráticos (ya no entendí qué significa esa palabra; entonces, a revisar el griego, otra vez…); entonces yo comento que no es democracia; entonces me responden que lo que a mí me corresponde es el deber ciudadano de votar, y que uno no puede tener todo claro y que por eso hay que ir a lo más próximo -creo que se refieren a ser pragmático-; y entonces yo digo que entonces no es que estemos muy informados y actuemos con deber ciudadano, sino al chilazo, como todo en este país; y entonces, me reafirman, desviándose, que la democracia es de diferentes tipos; y entonces yo ya no quiero seguir en el juego aburrido de la argumentación circular. Quedo derrotado porque hay un argumento sólido y victorioso: que no estamos tan perdidos porque llevamos tres meses conociendo a los candidatos; no estamos tan perdidos porque sí tenemos claro quiénes gobernarán; no estamos tan perdidos porque sabemos que tenemos un deber, el de votar, y entonces sí tenemos referentes.

Así son las nuevas formas de los 30 tiranos en la nueva boleta:

La fuerza del voto es un deber ciudadano.

La fuerza del voto, como título de novela teatral y dramática de Moreno.

La fuerza del voto, hacer las cosas al chilazo.

La fuerza del voto, ejercer la libertad de expresión en face y ponerse una camiseta sabionda, y andar gritando frases esperanzadoras y sabias (dizque).

La fuerza del voto, robarse información e integrar firmas espurias.

La fuerza del voto, hacer y hacer Institutos Electorales, a ver si chicle y pega.

La fuerza del voto, escoger al menos pior.

La fuerza del voto, argumentar y argumentar hasta que se me acabe la tinta porque en realidad, soy un ignorante más que necesita güacarear que es inteligente.

La fuerza del voto, una eterna repetición de pendejadas.

La fuerza del voto, impunidad y desigualdad sempiternas.

La fuerza del voto, marchar e integrarse a las hordas multiculturalistas.

La fuerza del voto, olvidarnos de las problemas sociales, económicos y culturales, y no sé qué otro adjetivo similar.

La fuerza del voto, abordar el tren del mame de todos los pendejos que tiene una postura democrática, sea lo que sea que esta palabra signifique.

La fuerza del voto, sentir que ahora sí va a haber un cambio.

La fuerza del voto, resignarse al mal gobierno.

La fuerza del voto, dejarle a los futuros un país caído.

La fuerza del voto, elegir una carrera y prepararse y ser alguien en la vida y después darse cuenta del fracaso interno que es uno mismo.

La fuerza del voto, fracasar desde un principio y ser un don nadie.

La fuerza del voto, decir cosas que realmente no sostenemos a capa y espada.

La fuerza del voto, tomarse fotos afuera de las casillas enseñando las chichotas.

La fuerza del voto, vender la propia dignidad por unos cuantos pesos y unas pancartas afuera de tu casa.

La fuerza del voto, hacerse pendejo durante todo el sexenio de Peña, de Calderón y así y así.

La fuerza del voto, participar como vigilante que vigila las vigilias de las boletas para que no suceda nada negro, ¿pero quién te vigila a ti, mano?

La fuerza del voto, mancharnos el dedito de negro y hacer presión sobre una boleta que de antemano sabemos que piratearán.

La fuerza del voto, no ir a votar.

La fuerza del voto, anular el voto,

La fuerza del voto, anular las instituciones.

La fuerza del voto, anular las academias.

La fuerza del voto, anular el mal gobierno,

La fuerza del voto, anularte a ti mismo.

Y, ustedes, ¿qué opción tacharán?

 

 

Por mí, el voto, las opiniones, argumentaciones, debates y todo este mame democrático pueden irse a chingar a su puta madre. Bótense a la verga, cerdos hipócritas…

Mejor seguiré trabajando como lo he hecho: de forma clandestina. Nos vemos dentro de seis años. 🙂

 

Ciudad de México. Domingo, 01 de julio, 2018.

 

Imagen de portada tomada de:

Anular el voto o votar con convicción. ¿Qué es mejor?

 

Autor: Lucio Severiano

Nosotros somos hiperbóreos

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