A LEO M.

Estimado Leo, mi vida ha corrido a tropezones los últimos meses. Ésa es la razón final para excusarme por no haberte contestado la carta que me enviaste en abril. ¡Han ya pasado tres meses! Y ninguna palabra me ha sido posible escribirte. La culpa está en mí. Penitencia. Y tú más que nadie ha sabido el estado de ánimo en el que me he encontrado y cuánto de pesar e incertidumbre me ha costado el sobrellevarlo. La vida nos da vueltas a una velocidad similar a los rieles de las bicicletas, ¿cómo podríamos leer en bicicletas destartaladas y sin frenos que cada vez más aceleran su velocidad? Eso es cosa de misterio; espero que en tu próxima carta me lo expliques –si no es molestia- porque mi chirimoya no da una.

De asincerarme, me vería obligado pues, a referirte de nuevo que no me encuentro del todo bien: he salido de los dolores de estómago, las infecciones, el colon hinchado ha regresado a la normalidad (¿te acuerdas, Leíto, cómo me encontraba en los primeros días? ¡A punto del suicidio, y no el meramente lógico!); le bajaré a las colillas de las Vanguardias, lo prometo; tomo mis vitaminas para las jaquecas precipitadas. Las más de las veces reflexiono en lo que pudo ser (¿sabes?) esa nueva vida en otra dimensión, la que no pude alcanzar; a tres meses lo único que me queda comentarte es que sigo imbuido de amor, por lo cual a veces me mortifico por mis errores que no pude resarcir. No sabes cuánto la amo, no sabes cuánto me arrepiento de mis fracasos… Y en los peores momentos –que siempre están presentes-, me percibo como en una cercanía a la par que una lejanía. Eso es cosa de admirar; también espero, abusando de tu amabilidad, que en tu respuesta a estas líneas, me expliques de nuevo aquel poema tuyo, el de la órbita, magnífico, no te hagas güey. Con tu diligencia, seguramente no te costará nada dibujarlo para mí.

La otra vez estuve a punto de largarme. Enrico me invitó a Yucatán, me dijo que allá podría trabajar para él. Tal vez de corrección, o alguna cosa por el estilo. Estuve así de aceptar. No lo hice. Me he querido ir a vagabundear, pero no tengo el valor aún, ni el varo. Es más que probable que dentro de poco vaya un tiempo a Guatemala. Quién sabe.

¿La novela? Ahí va…, la verdad es que tiene tres semanas que no escribo ni un punto. Me he atorado en la justificación, aunque tengo temas en la cabeza que tocar aún; se podría decir que, de la justificación, no llevo ni la mitad. Como bien sabes la justificación, el principio, la primera parte, es la mitad de la novela, pese a que hace las veces del final, o de un primer final de la obra; la otra mitad es propiamente la narración de las aventuras traviesas de mi héroe. No me preguntes ahora por qué la disposición invertida; no es casual, es totalmente intencional. Y seguro que me preguntarás por qué razón llamo héroe a mi personaje, siendo un tipo tan execrable. Eso es asunto de otro costal que en diferente ocasión me tomaré el tiempo de contártelo. Leyendo los Detectives se me ocurrió un epílogo que probablemente me podría dar pautas para hacer una secuela. Eso ya no lo sabemos con certeza. No comas ansias.

Me he alejado un poco de los sacramentos de la novela por causa de la lascivia del Sátiro; más bien es que la que recorre mi lengua y me susurra al oído es la burla satírica en estos precisos momentos. Todo este pancho y revuelo sobre la democracia y la política en este país de desorientados me ha puesto a pensar una cosa: que te sigues equivocando, amigo mío; que Castoriadis se ha vuelto un librito para hacer chocolate caliente y que eres un iluso por seguir creyendo en ese régimen de locos. Ni si quiera los hombres más sabios duraron con esa forma de gobierno. ¿Cuánto tiempo fue desde la época de Pericles hasta la muerte de Sócrates sin contar el tiempo de los Treinta? Ay, amigo, en tu nobleza te van a chingar los innatos demócratas.

Tenemos muchas cosas que hablar, sobre todo en torno a lo que ahora te está pasando. Primero serénate, aquí me tendrás por cualquier cosa. Debes ir al doctor, no vayas empeorar. No te quiero ver igual que yo.

Luego nos vamos a recorrer la ciudad. Tengo muchas cosas que decirte. Muchas cosas que planear. No te hagas güey, te las enumero, porque eres medio idiota para los números, al igual que yo: Reformar el Sátiro y sus secciones; la novela a cuatro manos, establecer la trama y personajes; planear la entrevista a Pablito –está recotorro ese viejito-, ir a Amsterdam a ver si nos encontramos al loquito de la Puta… y otras cosas que se me han olvidado.

¡Mira qué cosas! Esto ya se extendió más de lo debido. Espero tu carta próxima, viejo amigo. No olvides a tus amigos, porque en el momento que lo hagas, te olvidarás a ti mismo.

P.D., Los Consejos están poca madre. Gracias por presentarme este nuevo mundo que, dos veces visto, no es tan nuevo para nosotros.

Tu amigo. L.S.

03 de julio, 2018.

🙂

Imagen de portada tomada de:

https://despuesdelhipopotamo.com/2015/02/18/bolano-archivo-exposicion/los-detectives-salvajes/

Autor: Lucio Severiano

Nosotros somos hiperbóreos

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