LECTORICIDAS

Leer, verbo simple, fácil de pronunciar. Es un verbo que a algunos les sonríe (miren esas dos “ee”) y a otros les pesa como un ladrillo. En parte depende de los caminos que uno ha sabido tomar: como sucede con el acto de vivir, algunos leen por obligación y otros lo hacen por gusto; pero para la sociedad contemporánea los lectores de verdad son los primeros, y los segundos son más bien demasiado relajados como para ser tomados en serio (también, igual que vivir).

Para los segundos la época creó Lectoricidas, que son una serie de estrategias y artefactos para acabar con esta mugrosa especie de escépticos y ociosos desinteresados; para los primeros, en cambio, creó especialidades, becas y otros incentivos bastante ridículos.

Pero no se trata de hacer bandos contrarios, no es el punto ser enemigos. A menudo, ambos seres lectores encarnan en uno solo, o conviven en las librerías, bibliotecas y cafés. Lo que sí, es que son reducidísimos los lectores en general y que los que suelen fastidiar más son los lectores por obligación, pues pretenden imponer esa misma obligación en el resto de la gente presentándose como ejemplos a seguir. Para ello crean cursos, talleres, campañas de difusión de la cultura y congresos, entre otras cosas, como si las personas no tuvieran suficiente con el trabajo, la familia, la escuela, los gastos y deudas… Son Lectores Lectoricidas, es decir, sabotean su propio trabajo porque mientras crean van destruyendo; mientras hacen van deshaciendo. Viven y no dejan vivir.

A este espíritu traidor del que formamos parte en mayor o menor medida, se suman ahora sí los Lectoricidas puros, nuestros verdaderos enemigos, que suelen ser los patrones del trabajo, nuestras tías ignorantes, nuestros amigos ingenieros o de ciencias, los pedagogos frustrados, los lingüistas de academia que no escriben, los actores y productores y directores de teatro y cine que se la pasan en Facebook y haciendo campaña, la policía, los grupos de choque y demás géneros porriles de la UNAM, los maestros de la UNAM, los directivos de la UNAM, las compañías de televisión, las niñas y niños guapos pero huecos que van a las plazas comerciales, los maestros de Idiomas del CELE de la UNAM, los funcionarios públicos, los ruidosos automovilistas… y un largo y eterno etcétera.

Así que lean y dejen leer.

ESTAR LISTO

Ahora los poetas crean frases a partir de pequeñeces y detalles que siguen más el flujo cotidiano del pensamiento que una intensión ajustada al ritmo, la métrica y la rima.

Si esas pequeñeces representan algo para ellos, suelen ponerlo como un verso, aunque a veces les apena la pobreza de su pensamiento y entonces decoran un poco las palabras, o buscan otra metáfora que purifique un poco su agua de mente sucia.

Así, visto de cerca, se parece mucho a lo que hacen los funcionarios contemporáneos. Tal vez por eso esos poetas son publicados por el Fonca o una de esas instituciones aburridas.

Y ciertamente de eso va hoy la poesía y la política: de ajustar pequeñeses en las palabras. En México, hoy, cada tema delicado se parlotea con indolencia y sistemática especialización. Por ejemplo, están a punto de aceptar la creación (aquí ya empezó la poesía de la política) de “La Guardia Nacional”. Y pululan miles de argumentos a favor y en contra… Mientras tanto, el tema vivencial y cotidiano es si los pobladores sin voz ni voto, sin especialización en “temas de seguridad” y además desarmados, es decir, la mayoría de los mortales, estamos listos para morir.

Mujeres, estudiantes, periodistas aguerridos, defensores de causas difíciles y el peatón o poblador común y corriente se pregunta cómo vivir su vida y al mismo tiempo si está listo para morir. Espero esta frase pequeña, “estar listo para morir”, represente algo, pues creo que pone en palabras si acaso los muertos de los últimos tiempos lo estaban o los tomó por sorpresa y dejaron muchos asuntos pendientes.