PLACERES ANTIGUOS, PLÁTICA CON JOY DIVISION

 

Desearía ser una pintura de Dalí que adorna tu muro.

Desearía ser una pieza heroica de Ricardo

a que prestaras atención.

Si tú quieres, quizá,

una Tragedia abierta en tus manos,

O tal vez, una crisoelefantina del maestro Fidias.

 

Añoro volverme danza que coquetea a tus pies

y piernas, cual tango apasionante

en fantástica

estructura barroca

de los siglos coloniales.

 

Si me pertenecieran tales espíritus destrozados,

poseería toda la magia

y posible sería

para mí grabártela en cinta

de película

o montarla en escenografía.

 

Eso fuera agradable.

 

Un loco Quijote que perdido en el bosque

de las Furias sigue buscándote;

un delicado rostro y joven

negociado

por el Demonio.

 

O el pequeño Poe

o tal vez Benedetti.

 

Si los antiguos poseían el mito de Troya,

yo tengo el mito de ti.

Si los púnicos a Dido,

yo te tengo a ti.

Si Colatino a la casta Lucrecia,

yo a ti.

 

No podría compararte ni siquiera con las bellezas

de la vieja Babilonia, porque son viejas respecto de ti.

Ni siquiera las Sibilas

se asemejan a tu encanto,

inspirado en Apolo.

 

Y mucho menos el círculo de pitagóricas

que, reunidas, podían hiptonizar a los hombres;

pues tú, mirando,

helas al varón,

como poderosa Medusa.

 

Mi amor, no seremos

desgarrados

de nuevo por el amor.

🙂

 

Imagen de portada tomada de:

http://indiespace.com.mx/resena-joy-division-unknown-pleasures/

 

SOBRE LOS ÁNGELES POETAS Y MÚSICOS

Por Ureboros.


 

En la mente de un hombre lleno de propósitos, el mundo es como un bello paisaje sobre el plano de un campo de batalla.”

                -Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Vol. II, 436.

La mayoría de nosotros no somos brillantes porque somos inadaptados, y podríamos ser catalogados como esperpentos caminantes, delirantes y sucios, muertos andantes que no “gozan” del placer de cierta clase de comidas, bebidas, olores y sabores. Arruinados y sin aparente rumbo, andamos como peregrinos y pareciera que pedimos limosna.

Pero lo que no se sabe es que se busca el vacío, la nada. El poeta y el músico lo saben. Pero, ¿qué de importante hay en el vacío? Todo. El vacío es el espacio donde el danzante conjura los movimientos del sexo y la primavera, de la muerte y el mar, donde el poeta se desgañita la garganta al cantar el dolor de su existencia y la de sus hermanos; es allí donde existe el silencio que la música necesita para enseñarnos a contar metafísicamente las cadencias del 1, 4, 5, 1 desde la profundidad de nuestro espíritu a través de intervalos musicales. ¡Es el silencio amigos, el que buscamos para llenarlo! Y solo aquellos libres de la necesidad pueden acceder a él ¡Y es que solo un Dios o un poseído pueden hacer uso de la nada sin volverse loco! Ecce causa del peregrinaje.

Parecería que al salir de casa hay estridencia de sonidos y de emociones pero en realidad es la nada y ahí es donde el poeta y el músico se convierten en demiurgos. Se camina como un pordiosero para aquellos razonables que son sabios, pero para los despiertos, los hombres de destino, se camina como un dios porque se sueña. Novalis dice: “El hombre es un Dios cuando sueña, y un mendigo cuando piensa.”. ¡Nadie más perito en sueños que el poeta y el músico! Los sueños y los símbolos nos guían a tientas tras las posibilidades futuras de nuestra esencia humana.

¿Saben qué tipo de ángeles somos? Los ángeles caídos. Y somos ángeles porque cantamos y no por otra cosa. Nos sabemos siniestros y caóticos, sin poder controlar el apetito, con el espíritu inflamado de arrebato y con placeres y comidas fáciles. Todo esto se resume en una palabra: mundanidad. Pero tengamos cuidado de saber diferenciar lo mundano de lo vulgar, pues lo mundano no significa ser siempre vulgaridad, sin embargo lo vulgar siempre es mundano y engendra mundanidad. Todo está en saber cantar.

Hay mundanos que sueñan, que tienen contacto con Dios a través de la melodía y la poesía, y a pesar de la mundanidad que los ahoga, tienen el poder de decir que lo feo es hermano gemelo de lo bello. Los poetas y los músicos, nosotros, somos capaces de pintar el deseo con los colores del arcoíris en las tinieblas de la vida, los que podemos encender la luz brillante del deseo. A veces es necesario imponernos, ser más feos para tocar lo bello. ¿Cómo conviertes lo feo en bello? Expresándolo con honestidad. Lo Honesto es acabar con los muros del pudor y la vergüenza, a pesar de que los “adaptados” lo miren hostiles y con desconfianza. La honestidad aspira a la belleza puesto que todo lo honesto es amable. La violencia se justifica en nombre de la más vieja de las virtudes, la honestidad, contra la vergüenza de ser uno mismo. Lo mundano no es siempre es vulgar..

“…¡ser honrado, Incluso en la maldad!… es mejor perderse en sí mismo que en las costumbres de la tradición; el hombre libre puede ser bueno o malvado, pero el hombre esclavo es una vergüenza de la naturaleza y no participa de ningún consuelo celestial o terreno…”

– Friedrich Nietzsche, La ciencia Jovial, 99.

🙂

 

Imagen de portada tomada de:

https://observandoelparaiso.wordpress.com/2014/08/07/la-virgen-rodeada-de-angeles-de-william-adolphe-bouguereau/

 

SÍNDROME CARLOS FUENTES

Por Edgarovich.


Carlos fuentes

Quizás nunca se había escrito tanto como ahora, en este momento de la civilización humana, con tanta gente con tanto acceso a tantos medios masivos para propagar nuestras tantas ocurrencias. Pero esto significa que también los perjuicios de la mala escritura se propagan más que nunca.

Hay un síndrome en particular que es muy común y muy pocas veces se nombra, pero afecta a los entusiastas de la escritura en sus múltiples facetas: literaria, filosófica, científica, periodística… y sí, también la twittera, facebookera y las que más han crecido en los últimos años. Es importante nombrarlo y hablar sobre él, pues es cosa seria que nos daña, nos impide desarrollar nuestra creatividad y, sobre todo, resulta molesto: hablamos del síndrome del escritor que no tiene sentido del humor. Pero como ese nombre no logra dimensionar la gravedad del asunto, preferimos llamarle síndrome de Carlos Fuentes.

Describir este síndrome no es fácil, pero podemos empezar por el auto-diagnóstico, que en cambio sí es muy fácil. Se trata en realidad de un problema de actitud, pero deriva en malformaciones a la hora de escribir. Para realizar un simple test casero sólo se requiere un espejo y uno o dos minutos de su tiempo. Acérquese al espejo y adopte una expresión seria, severa, de gente que piensa. De gente que desprecia a todos, pero de forma inteligente. Entorne los ojos y levante la barbilla. Encuentre en su rostro la expresión de la superioridad intelectual. También gire la cabeza ligeramente hasta que encuentre su ángulo más atractivo. Elija sólo uno. Ponga cara de Carlos Fuentes, para acabar pronto.

El punto es que cuando se vea a sí mismo con esa expresión altiva y solemne, se diga en voz alta: “mi trabajo es cosa seria, soy un escritor serio”. Si no se le retuercen las entrañas por la risa al decir esto, padece usted de nada más y nada menos del síndrome del escritor que no tiene sentido del humor. O síndrome de Carlos Fuentes. Claro que ese test no sirve si uno quiere diagnosticar a alguien más sin que se dé cuenta y, admitámoslo, ésa es siempre la mejor parte. Comenzaremos explicando algunas pruebas para el ámbito de la escritura en facebook, pues resulta la más actual y, admitámoslo, las demás ya no le importan a casi nadie.

Las pruebas consisten en provocar al sospechoso con distintos estímulos y observar sus reacciones, en el mismo espíritu del procedimiento médico que consiste en agujerear a un paciente con objetos punzocortantes para ver si puede sentir dolor. Aquí también hay espacio para ponerse creativo con las pruebas. Por ejemplo, digamos que reacciona usted con un “me da risa” a sus tratados ideológicos de dos párrafos que pone como estado de facebook y la persona reacciona enojándose, entonces padece Carlos Fuentes. Digamos que le pide usted un resumen con dibujitos de sus comentarios que parecen más bien ensayos en sus pseudo-debates, explicándole que no está dispuesto a leer comentarios de más de cincuenta líneas y digamos que la persona se enoja por esta burla, pues entonces padece Carlos Fuentes. Si usted responde con memes altamente cómicos para dar fin a un debate innecesario, irrelevante y tonto, y la persona nunca les da ni un me gusta y además se enoja con usted, padece Carlos Fuentes.

Todo esto, además de enriquecer nuestro entendimiento de la psicología a través de la escritura y de la escritura a través de la psicología, tiene la ventaja de que es divertido imaginar que Carlos Fuentes se hubiera comportado de esta manera de haber manejado alguna vez una cuenta personal de facebook. También puede uno imaginárselo fallando la prueba del espejo una y otra vez. En fin.

 

Imagen tomada de:

http://alternativo.mx/2016/11/un-dia-como-hoy-nace-carlos-fuentes/

 

NOCHE EN EL SUBSUELO

Por Lucio Severiano.


          Discurso en defensa de la contradicción y el sinsentido.    

 “Si la civilización no ha hecho más sanguinario al hombre, por lo menos, éste, bajo su influjo, se ha vuelto más rastreramente cruel que antes.”[1]

El protagonista de esta obra excepcional, mientras humilla a la prostituta de Riga como a sí mismo, asevera con despiadadas palabras que el hombre gusta de contar sus pesares, no sus alegrías. Termina por rematar sardónicamente que, de hecho, podemos disfrutar y vislumbrar dicha en las aflicciones que nos han sido guardadas por el trascurrir de la vida. En alguna parte de la compleja simpleza de los seres humanos, desconocida para todos, somos capaces de detectar la contradicción del asunto y decirnos a nosotros mismos con o sin creencia: “Vamos, hombre. Déjate de tonterías. Lo uno no es lo otro y lo otro no es lo uno. ¿Quién en su sano juicio disfrutaría el dolor ajeno? O, peor, ¿el propio? ¿Quién? ¡Anda, dinos! ¿Quién? ¿Tú? ¿O alguien? ¿Por qué callas? ¡Dínoslo! Eso… eso nada más no… y… y simplemente no… ¿Entiendes? ¿Quién, estando cuerdo, pensaría que hay provecho en el sufrir? ¡Lo que sucede es que tú estás enfermo, hombre! No, no y no; absolutamente no. ¡Al loquero! Mal, hombre, mal; estás mal. Y no. ¡Para de leer literatura! El mundo es una cosa y los libros son otra cosa. Por favor, no insistas, no nos vengas con que el mundo es un libro. El mundo es el mundo y el libro es libro. El mundo está hecho de cosas mundanas; el libro, de puro papel. Lo que sucede en el libro se queda en el libro. El mundo es el mundo. Y punto. Hemos dicho, y ya. El mundo es el mundo. Ni tú ni nadie puede decir lo contrario. Así como dos más dos no pueden dar otra cosa que cuatro; así el mundo no puede ser otra cosa que el mundo. Quieras o no, éste es tu mundo. No hay más. A todo esto lo llamamos con una palabra: mundo.

Tal puede ser nuestra escapatoria más próxima, aunque, por razón inexplicable, el escozor de la cuestión sigue ahí, en cierta sección de nuestra composición humana, oculto, olvidado, oprimido, oscurecido, ofendido… Al final, notamos que no hay escapatoria real. Al final, topamos con un camino sin salida: la contradicción sí tiene sentido, y éste significa algo. ¿Qué? Yo no sé. Logro mi acometido, ahí tienen el significado de la contradicción. A ello nos podríamos objetar nosotros mismos: “Que no, hombre. Que no, que no, que no y que no. Tú, como no se te ocurre nada que escribir, empiezas a cavilar tonterías, a decir tonterías, a hablar de tonterías, a escribir tonterías… ¡Estás pirado! ¡Pobre mequetrefe! ¡Pobre desgraciada piltrafa humana! ¡Estás loquito! ¡Sentimos lástima por ti! ¡Que Dios te ampare! Lo que más bien te sucede es esto: como te han pedido un escrito, no teniendo tú nada que escribir ni nada de escritor, se te hace fácil desordenar las cosas, decir sinsentidos. No, aquí y en China dos más dos es igual a cuatro. Y eso es todo. No escribas cuando no tienes nada que decir porque no dirás nada. Lo que escribes ahora no tiene sentido, es un sinsentido, un absurdo, una tontería. Así que, por favor, vete derechito al manicomio, al sanador, al nosocomio, ¡al hospital! ¡Para que te operen el cerebro! Porque lo que a ti te pasa es que estás zafado, y como no tienes nada que decir te crees digno de enunciar ridiculeces. ¡Necio!”

Al escudriñar pues, las entrañas de la cuestión dada, se nos revelan algunas propiedades, la tontería y la ridiculez, que pertenecen propiamente a la contradicción. La contradicción vale por su no sentido, vale por su suicidio lógico, vale por el orden dispuesto de una manera absurda; tiene valor ahí donde justo subyace su incomprensión. ¿Que si no se puede decir, entonces no es? ¿Que si no se puede decir, entonces no es significativo? ¿Luego no es? ¡Qué pensamientos tan lerdos como ineptos! Para empezar, todo se puede decir y todo se puede comprender con la palabra. El punto se encuentra más bien en cuán dispuestos estemos para decir y comprender. La culpa de nuestra incomprensión no la tiene la palabra, sino nuestra flojera, nuestra holganza de no querer. Si quiero decir, digo; si quiero comprender, comprendo. Si no, no. Y lo hago con la palabra, con la preciosa palabra.

Los intelectuales van y corren a arrojarse precipitadamente a atacar la contradicción. “Es que te contradices; por ello no vale”, dicen. Van prestos a arrojarse a refutar la propiedad tontería del absurdo. Cuando hablamos de que no hay sentido, hablamos del conflicto lógico y sensacional que padecemos en el momento, es decir, el conflicto pensamental. El sentido de la contradicción está en sus propiedades y en el proceso que le provoca al hombre incitar y continuar elucubrando en torno a ella, es decir, seguir buscándole el sentido. La contradicción, pese a las riñas y voces rumiantes de la afamada scholarship, no significa ir y decir “no tiene lógica; entonces no vale” o “no tiene lógica; sí vale, pero no es posible”, sino ir y decir “no tiene lógica; ¿por qué es ilógica? Por esto, por esto y por esto; entonces sí vale; luego es posible.” Surge un estado de cosas frente a “no tiene lógica”, y ése es el sentido de la contradicción; surge un malestar frente al imperativo “no es posible”; ese malestar le da la posibilidad. Hay un respingo en nosotros mismos que nos agita, que nos conmueve, que nos remueve del lugar ameno a buscar respuesta para la validez, y luego implantarle la posibilidad. La importancia no radica en la estructura, sino en el proceso; no en la uniformidad del mundo, sino en la volición “para esto” y “para aquello”.

Cuando nos preguntamos “¿qué se siente pensar?” tenemos un claro ejemplo del sentido de la contradicción. Tomémonos unos minutos para preguntarnos esto. Una vez preguntados, padeceremos un sacudimiento en nuestro lugar ameno, estaremos en conflicto con nosotros mismos. De nuevo, la problemática que nos impide comprender es el no querer comprender, lo cual encuentra su origen en un orden ideológico, en un orden moral, en un orden también contingente. Por desgracia, creemos que estamos siendo muy objetivos al buscar algo; no obstante, hemos cometido el error más terrible de nuestra existencia. ¿Cuál objetividad? ¿Dónde? ¿En un ente exterior que nos dicta? ¿En qué plano suprasensible? ¿En el tópos uranós? ¿En ideas preconcebidas? ¿En juicios a priori? ¿En procesos a posteriori? ¿En hechos atómicos? ¿En la reformulación de nuestras teorías al sumarse nuevas experiencias? ¿En la verificabilidad de los hechos? ¿En proposiciones elementales? ¿En axiomas y cierta mecanicidad de procesos? ¿En la más o menos uniformidad de la naturaleza?

Sin tener la intención de reír demasiado, a mí me queda una pregunta por hacer: ¿de verdad tan crédulos hemos sido? En el fondo, muy profundamente, sabemos que todas estas refutaciones no son más que supercherías. En lo más profundo de nuestro corazón sabemos que se están burlando de nuestra ingenuidad, de nuestra inocencia. Sabemos que, en el caso de haber todas estas cosas, las buscamos sólo por la infalibilidad de estar seguros de “algo.” Y para lograrlo, nos vemos orillados, ¡obligados!, a deshacernos de la contradicción. La contradicción ha sido y sigue siendo vista como algo repugnante; algo objetivamente repugnante; algo moralmente repugnante; algo ideológicamente repugnante. Pero lo que es realmente repugnante es la obsesión por la infalibilidad de estar seguros de “algo.”

Ni la historia es prudente ni hemos evolucionado biológicamente para mejorar; ni la ciencia es objetiva ni la filosofía edifica para ordenar. Ni nada ni nadie nos podrá explicar por qué maldita razón dos más dos es igual a cuatro, y no cinco. ¿Por qué? ¿Por qué dos más dos no es igual a cinco? Lo único que hacemos, como hombres contradictorios, es pelearnos entre nosotros, pelearnos y volvernos a pelear; a comernos entre nosotros, a devorarnos con nuestros egos. Somos tautológicos. Zoquetes tautológicos. Pero hay de zoquetes a zoquetes: algunos son tercos y creen en lo infalible; algunos creen que no son tercos y que no tienen verdades infalibles, pero evidencian que sí; otros reconocen su ego, y ello, desde un punto de vista comunal, los vuelve menos zoquetes. ¿Y qué podemos esperar entonces de nosotros como hombres contradictorios? La respuesta es patente: más y más peleas; más y más afirmaciones; más y más negaciones. Sabemos dentro de nosotros que dos más dos es igual a cuatro sólo por mero azar; pero que bien pudo y puede suceder que el resultado sea cinco.

Nosotros, como hombres, por medio de nuestras sandeces y sueños guajiros inventados (los cuales hemos olvidado que inventamos) lo único que buscamos es la reafirmación propia –como si fuese tan necesario-: tener con certeza y seguridad que somos hombres y no pianos, y que andamos según el orden y la uniformidad de la naturaleza. Y aunque fuésemos pianos o libros o ideas de Dios o hechos atómicos o polvo cósmico o cualquier categoría escolar que se les ocurra y por las cuales han hecho tanto pancho a lo largo de una historia imprudente; aunque fuésemos pianos, repito, y nos lo argumentaran con procesos lógicos, matemáticos, físicos, químicos, geométricos o biológicos, entraríamos en crisis y, por la pujanza de nuestro arbitrio, haríamos maroma y teatro para afirmarnos a nosotros mismos como hombres y no como pianos.

Nosotros, como hombres, buscamos tener razón; somos caprichos andantes. ¡Hay que probarnos siempre y a cada rato que somos hombres y no pianos!  Y si no, ¡nos peleamos, nos comemos, nos devoramos, filosofamos, refutamos, nos volvemos científicos, físicos, matemáticos, lógicos, geómetras, artistas, literatos, gramáticos; guerreamos, matamos, teorizamos y así eternamente! A lo que nos pueden responder: “Relájate, hombre. ¡Tú sí que estás enteramente pirado! ¡Qué intenso eres! ¡Sacado de tus casillas! No. Busca la felicidad, la verdad, el trabajo, el sueldo, la buena vida, los hijos, la esposa, la televisión de pantalla plana, la fibra óptica, los títulos, el doctorado, el ejercicio, la comida sana, un poco de chucherías, el sexo seguro, ¡lee a Bukowsky!, la salud, el cel, la tablet, las caminatas, el cine, un auto nuevo, el periódico, un sistema filosófico, una doctrina religiosa, una corriente literaria, amigos intelectuales y otras cosas agradables. A ti lo que te pasa es que nunca has tenido amor, sino puro odio y rencor; nunca has amado ni besado. Eres una persona cruel y mala, lo que te ha vuelto loco. Ya te dijimos que el mundo es el mundo, y no hay otra cosa para el mundo más que el mundo. No puedes ir por la vida diciendo que el mundo es una pera y que dos más dos es igual a cinco. Nunca te dijimos que te queremos quitar la libertad. Lo único que queremos es que lo que piensas concuerde con el orden social. Lo único que deseamos es organizarte tu vida de manera que tu voluntad, tu misma voluntad, no sea un caos: ordenar tu existencia según la uniformidad de la naturaleza, la lógica y la matemática. ¡Hombre! El mundo es el mundo, y ni modo. No puedes venir aquí a decir otra cosa diferente. ¿Entiendes?”

Nosotros, por nuestra parte, con humor fáustico aceptaremos, pues no nos queda de otra. Afirmaremos que dos más dos es igual a cuatro y que el mundo es el mundo. Afirmaremos con exigida alegría: “¡Qué maravilla! ¡Qué felicidad! ¡Ya no estoy loco! ¡Ya no soy necio!  ¡Estoy curado! ¡Viva la sanidad! Esto es el mundo. ¡A esto le llaman mundo!”

Esto es el mundo, aun sin que yo lo quiera. ¡¡¡Pero eso ha de ser porque así lo quiero!!!

 

Ciudad de México.

lucius.severianus@gmail.com

 

Fuentes:

[1] Dostoyevski, Fiódor. Memorias del subsuelo. trad. Rafael Cansinos Assens. Sexto piso. México. 2013. Capítulo VII, p. 48.

 

Imagen de portada tomada de: 

http://shangrilaedicionesblog.blogspot.mx/2011/03/dostoievski-shangrila-derivas-y.html

POETAS VENALES

Por Lucio Severiano.


Venta de versos.

 

A hombres teatreros la carta airada:

Soy nombrado el sangrón o el blasfemo,

Y al discurso gentil  más yo no temo;

Cualquier vanidad quedará ya burlada.

 

¡Oh rudas caras! Su ingenio es simple,

Mentira de cantos con pequeñeces.

¿Poetas? ¡Cuadrados! O bien ¡Mequetrefes!

Mi diatriba tira la pluma endeble.

 

¡Oh serios rostros, caducados ha tiempo!

Minucia de arte, artística ruina,

Su lugar predilecto es la letrina.

¡Precisa hoy lavarse hediondo campo!

 

Vacuidad de palabras hallo en ellos,

Mienten a tontos con mediocres ficciones.

¿No leyeron la carta a los Pisones?

Versos cojos crecen de pobres destellos.

 

Pues no me parecen en nada sinceros.

Tinta rápida muestra falta de credos.

Al leerlos y descubrir sus enredos,

Vemos que sin motivo son carroñeros.

 

Comercian con metros, usuran con versos,

Subastan los fondos y venden las formas,

Rematan dicciones, liquidan las normas,

Importa el dinero, no los procesos.

 

Los antiguos abuelos se decepcionan

Por los ahora prostitutos poetas

Ya que algo no siembran en sus macetas;

Al punto pegostes baratos maquinan.

 

De suerte que algunos son ovejunos,

Copian las frases de autores gigantes;

Reuniones planean como marchantes,

Proverbios gritando los energúmenos,

 

Mal laborados los largos períodos,

Oraciones forzadas, tardas sentencias,

Pero hay en el robo reminiscencias

Pertenecientes a los textos robados.

 

La farsa ensucia entera la prosa;

Los hombres de letras escriben sin gracia

Escupen ensayos con pura falacia

En vez de gestar la Novela Grandiosa.

 

Siguiendo modelos, escriben lo mismo;

Luego lo venden al famoso editor,

Quien no es otra cosa que un impostor,

Finalmente es claro su solipsismo.

 

Con mano propia censuran su estilo,

Cuanto indigne al oído sensible

Deben borrar por el pago infalible,

Así la escritura no tiene hilo.

 

En las escuelas, caprichosos bufones;

En las tertulias, eruditos ceñudos;

En los talleres, arrogantes frustrados;

En los concursos, ¿pagados juglares?

 

Ya casi acaba la sátira brava.

No pidan aquí corazones alegres,

Pues sólo daré pulmones guasones,

¡Risas y Risas! ¡Se me lengua la traba!

 

Ciudad de México.

lucius.severianus@gmail.com

Imagen de portada tomada de: 

https://difusionka.com.mx/blog/category/sin-categoria/page/2/

 

CALAVERITA GROSERA

Por Lucio Severiano.


Cómo morimos poco a poco. 

 

La Catrina inexorable también se viste de seda como la mona, mas su indumentaria es de lo máaaas enigmático. Podría hablar de los trajes variopintos con los que se engalana así como del tan gran tiempo que desperdician las burdas pasarelas de gentes disfrazadas y las mil y cachito de calaveritas que dan el hurra por el carnaval grosero, pero ya hablé de los disfraces más innovadores y notorios en mi escrito sobre el Halloween.

Ahora toca el turno de la festividad más sombría en muchos aspectos, y también la más grosera (ésta al parecer sin haber sido traída del extranjero, casi, casi bien mexicanota, a no ser por la herencia gachupina): el Día de Muertos, festejo que no tiene nada de maravilloso (excepto por sus panes raquíticos) porque… ¿de verdad hasta con humor festejan los groseros pueblos de México esta fecha? ¿Con tantos muertos al año provocados por las crisis sociales que se viven? ¿No sería esto groseramente muy irónico, el dedicar una fecha al año a los muertos cuando día con día en todos los estados de la república la gente muere a causa de la incontenible violencia? Si a esas vamos, entonces todos y cada uno de los días del grosero calendario cesariano o gregoriano o azteca o el que sea serían días de muertos, de asesinados, de masacrados, de decapitados, de cercenados, de degollados, de envenenados, de explotados, de destripados, de balaceados, de fileteados, de macheteados, etc., etc., etc.

Los antes mencionados son algunos de los Días de Muertos que no se festejan ni se recuerdan ni se hace hincapié en ellos, porque aburren, porque ya son cotidianos, porque cansan, porque “aún no me toca”, porque “Diosito me protege”, porque “soy grosero”, porque está más chido subir fotos al Instagram, porque es más padre chelear. Y como no quiero ser aguafiestas, yo también me divertiré en este festejo, pondré mis resecas flores de cempaxúchitl y me disfrazaré de crítico burlón y sangrón, pero mi sangre no proviene de asesinatos ni de violencia, sino de inconformidad y de una furia en el alma que durante mucho tiempo he ocultado con mi otro disfraz, el de hombre de la grosería cotidiana, lo mismo que le pasó a Severinito Kierkegaardito (véase tooodooo Sobre el concepto de angustia).

Así y todo, veo corroborado aquello de Martincito Heideggerito (léase completito El Ser y Tiempo): que el hombre es un ser escupido, cruel y azarosamente, al mundo; un ser grosero ahí que se pregunta por el Ser Grosero del mundo, y al ir en busca del Ser Grosero del mundo, se aterroriza en su grosería y cae en la cuenta de que, estando como un grosero ahí en el mundo, tanto él como el mundo sólo tienen sentido en su relación con la Catrina. El hombre manifiesta su sentido de la vida cuando repara en que, groseramente, es un ser para la Catrina porque ella está constantemente presente en su existencia de ser ahí un grosero.

Al ver que el mundo también comparte esta solemne cualidad de grosero, quedan dos caminos a tomar: o hacemos algo con la grosería que hicieron de nosotros, a la manera de Juancito Sartrito (chéquese enterito El existencialismo es un humanismo), o nos quedamos resignados, deplorándonos con risitas, goces y bienestares groseros, llevando la vida –si a eso es digno llamarle así- como si fuésemos muertos vivientes. Tal vez, sólo tal vez, después de comernos nuestro pancito raquítico estos 1 y 2 de noviembre, sería saludable ponernos un poquitito de existencialistas para que caigamos en la cuenta del valor que tiene la vida propia. No está mal ser ligeramente pesimistas, existencialistas o fatalistas o groseros (¡aguas! Que ninguno de los cuatro significa la misma cosa. No seamos groseros al equiparar) puesto que estos caminos algunas veces, pese a que la idea generalizada cree que no, son eficaces para la acción: también la grosería es eficaz para la acción porque irrita, molesta e incita a los oídos suaves a que reflexionen, aun si están o no de acuerdo. Ése es el poder de la grosería: que agresivamente hace despertar al ser del lugar ameno, pero ilusionador, pues al hombre no le gusta que le hablen fuerte, groseramente, sino fría o cálidamente. Ni siquiera pediré pensar en la vida del otro, del prójimo, del ajeno, sino en la propia, la de uno mismo, sólo con el propósito de tomar nuestra balanza y pesar cuánto nos importa nuestra simplona y grosera vida, y preguntarnos, en efecto, si tenemos, como mexicanos sangrones y groseros que somos, el sentido de conservarla.

Al levantarme cada mañana, maldiciendo con muchas, muchas, pero muchas groserías, malas palabras y vulgaridades, y serme permitido, si el transporte es aceptablemente funcional, el aborde de transportes públicos, lo primero que asoma a mi vista es que, tanto sentados como parados, los ciudadanos o bien van muertos de cansancio o bien dormidos, estado que se asemeja a la muerte por aquello del proverbio de descansen, aunque todavía no es en paz, pues cómo molestan el groserísimo metro y el camión mal hablado con sus brincos y sus ruideros rancheros y todos sus sangrones pasajeros. La verdad es que a veces en el metro sí descansan en paz porque varios o se suicidan o los avientan a las vías, provocando que los demás manifiesten la muerte interna que llevan consigo a diario; o también en el camión descansan en paz cuando un asaltante, al que deseamos decirle palabras altisonantes y otras groserías, se pone loco y suelta una bala al futuro finado. Los que no descansan en paz de ninguna manera son los familiares, quienes se quedan sufriendo por las terribles injusticias que acontecen en esta inmisericorde, sangrona y grosera sociedad.

A lo largo del día, mientras ejecuto mis actividades y oficios, acontece más o menos lo mismo: las gentes, en su interior frustradas y asqueadas de la grosería del mundo, o al menos eso me parece, realizan las mismas actividades groseras que yo en un estado de trance, como si fuesen autómatas, robots sin nada dentro, o séase, como inauditos groseros. Lo mismo de regreso a casa. Día a día esta suerte de extrañeza sucede así. Muertos vivientes caminan, estudian, trabajan, si es que trabajan, regañan, se gritan, se matan, pero nunca festejan la importancia de vivir, a no ser que sea noviembre u otras fechas licenciosas y supergroseras.

Entonces, por uno o dos días que disfrutan la “buena” vida y el despapaye con maquillaje y disfraces ridículos, dejan en el remoto olvido la grosería del mundo que tienen que vivir y sobrellevar y, si se puede y no los matan a la salida de su casa, sobrevivir. El largo día significa transitar el mundo grosero, siendo y estando uno medio muerto, o séase, como un grosero. Durante las noches uno se deja morir completamente sobre la cama, con una esposa zombi e hijos que aspiran a ser unos zombicitos, también bien groseros, y al día siguiente uno resucita para andar otra vez medio muerto en los oficios y las labores usuales. Mientras tanto la familia poco a poco va muriendo por causa de la grosería mundial a tal grado que la Catrina se viste de hija embarazada y abandonada por el novio, la Catrina se viste de hijo alcohólico y mafioso, la Catrina se viste de esposa golpeada, la Catrina se viste de marido infiel y, luego, la Catrina se viste de divorcio y familia fracturada; hasta que, finalmente, uno comprende que así le tocó y ni modo, a aguantarse las groserías propias, como yo que me las aguanto al escribir este texto, y la grosería del mundo hasta que se lo cargue el payaso porque uno no puede saber qué significa su vida grosera: el suicidio lógico, descrito por Fedorcito Dostoyevskito (mírese de pe a pa Las memorias del subsuelo).

Así tenemos que, al ponernos a reflexionar sobre el ser para la Catrina, ello puede mostrarnos una solución al suicidio lógico dado que, una vez que nos percatamos seriamente de nuestro estar como viles groseros en dirección a la muerte; sabedores de que en cualquier momento la grosería del mundo, sin preguntar, nos aventará hacia el camino de la Catrina; conociéndonos como calacas, cráneos y calaveritas groseras, afanosas de llegar al final de la vida y de petatearse; así pues, llegaremos a la conclusión de que hay que resolver nuestro estado de muerte en vida cuanto antes. Sepamos que nos puede tocar ya el momento fatal, sobretodo en una sociedad tan violenta, y que de hecho nos están matando paulatinamente.

Podemos seguir festejando la hipocresía grosera y la teatralidad de los disfraces; podemos seguir riéndonos en las festividades groseras. Sin embargo, démonos cuenta de que no importa el mejor o el peor disfraz que nos hayamos puesto para vivir nuestra grosera existencia, pues en todas nuestras posibilidades del futuro, sea disfraz de abogado, maestro, presidente, senador, papa indiferente, sacerdote pedófilo, papá misógino, madre luchona, ratero, mafioso, asesino, estudiantito nerd, licenciado, doctor, rector, chalán, joven naco, joven fresa, niña bien, niña no tan bien, vendedor de tacos, mendigo, pobre, rico; repito, en todas nuestras posibilidades del futuro hay una que es una y todas a la vez, la Catrina. Y por su causa, deberíamos de ahora en adelante, en esta sociedad tan brutal y sanguinaria, notar que es preciso adquirir un sentimiento de autopreservación de modo que, reflexionando a la vez que actuando, tal vez y sólo tal vez, seamos ligeramente unas calaveritas ahí menos grooooseeeeraaaaas. Llegaríamos de esa manera a un vitalismo, el cual tanto ha predicado Lucito Severianito, el groserito.

Tepito, Ciudad de México.

lucius.severianus@gmail.com

Imagen de portada tomada de

http://www.rsvponline.mx/must/5-festivales-en-el-df-que-debes-visitar-durante-dia-de-muertos

CALAVERITA IDIOTA

Por Lucio Severiano.


Cómo morimos poco a poco.

(No apta para susceptibles)

 

La Catrina inexorable también se viste de seda como la mona, mas su indumentaria es de lo máaaas enigmático. Podría hablar de los trajes variopintos con los que se engalana, así como del tan gran tiempo que desperdician las idiotas pasarelas de gentes disfrazadas y las mil y cachito de calaveritas que dan el hurra por el carnaval idiota, pero ya hablé de los disfraces más innovadores y notorios en mi escrito sobre el Halloween.

Ahora toca el turno de la festividad más sombría en muchos aspectos, y también la más idiota (ésta al parecer sin haber sido traída del extranjero, casi, casi bien mexicanota, a no ser por la herencia gachupina): el Día de Muertos, festejo que no tiene nada de maravilloso (excepto por sus panes raquíticos) porque… ¿de verdad hasta con humor festejan los idiotas pueblos de México esta fecha? ¿Con tantos muertos al año provocados por las crisis sociales que se viven? ¿No sería esto idiotamente muy irónico, el dedicar una fecha al año a los muertos cuando día con día en todos los estados de la república la gente muere a causa de la incontenible violencia? Si a esas vamos, entonces todos y cada uno de los días del puto calendario cesariano o gregoriano o azteca o el que sea serían días de muertos, de asesinados, de masacrados, de decapitados, de cercenados, de degollados, de envenenados, de explotados, de destripados, de balaceados, de fileteados, de macheteados, etc., etc., etc.

Los antes mencionados son algunos de los Días de Muertos que no se festejan ni se recuerdan ni se hace hincapié en ellos, porque aburren, porque ya son cotidianos, porque cansan, porque “aún no me toca”, porque “Diosito me protege”, porque “estoy idiota”, porque está más chido subir fotos al Instagram, porque es más padre chelear. Y como no quiero ser aguafiestas, yo también me divertiré en este festejo, pondré mis resecas flores de cempaxúchitl y me disfrazaré de crítico burlón y sangrón, pero mi sangre no proviene de asesinatos ni de violencia, sino de inconformidad y de una furia en el alma que durante mucho tiempo he ocultado con mi otro disfraz, el de hombre de la idiotez cotidiana, lo mismo que le pasó a Severinito Kierkegaardito (véase tooodooo Sobre el concepto de la angustia).

Así y todo, veo corroborado aquello de Martincito Heideggerito (léase completito El Ser y Tiempo): que el hombre es un ser escupido, cruel, pendeja e idiotamente, al mundo; un ser idiota ahí que se pregunta por el Ser Idiota del mundo, y al ir en busca del Ser Idiota del mundo, se aterroriza en su idiotez y cae en la cuenta de que, estando como idiota ahí en el mundo, tanto él como el mundo sólo tienen sentido en su relación con la Catrina. El hombre manifiesta su sentido de la vida cuando repara en que, idiotamente, es un ser para la Catrina porque ella está constantemente presente en su existencia de ser ahí un idiota.

Al ver que el mundo también comparte esta solemne cualidad de idiota, quedan dos caminos a tomar: o hacemos algo con la idiotez que hicieron de nosotros, a la manera de Juancito Sartrito (chéquese enterito El existencialismo es un humanismo), o nos quedamos resignados, deplorándonos con risitas, goces y bienestares idiotas, llevando la vida –si a eso es digno llamarle así- como si fuésemos muertos vivientes. Tal vez, sólo tal vez, después de comernos nuestro pancito raquítico estos 1 y 2 de noviembre, sería saludable ponernos un poquitito de existencialistas para que caigamos en la cuenta del valor que tiene la vida propia. No está mal ser ligeramente pesimistas, existencialistas o fatalistas (¡aguas! Que ninguno de los tres significa la misma cosa. No sean idiotas) puesto que estos caminos algunas veces, pese a que la idea generalizada cree que no, son eficaces para la acción. Ni siquiera pediré pensar en la vida del otro, del prójimo, del ajeno, sino en la propia, la de uno mismo, sólo con el propósito de tomar nuestra balanza y pesar cuánto nos importa nuestra idiota vida, y preguntarnos, en efecto, si tenemos, como mexicanos idiotas que somos, el sentido de conservarla.

Al levantarme cada mañana, maldiciendo con idioteces, y serme permitido, si el transporte es aceptablemente funcional, el aborde de transportes públicos, lo primero que asoma a mi vista es que, tanto sentados como parados, los ciudadanos o bien van muertos de cansancio o bien dormidos, estado que se asemeja a la muerte por aquello del proverbio de descansen, aunque todavía no es en paz, pues cómo molestan el idiota metro y el camión idiota con sus brincos y sus ruideros rancheros y todos sus idiotas pasajeros. La verdad es que a veces en el metro sí descansan en paz porque varios o se suicidan o los avientan a las vías, provocando que los demás manifiesten la muerte interna que llevan consigo a diario; o también en el camión descansan en paz cuando un asaltante idiota se pone loco y suelta una bala al futuro finado. Los que no descansan en paz de ninguna manera son los familiares, quienes se quedan sufriendo por las terribles injusticias que acontecen en esta inmisericorde e idiota sociedad.

A lo largo del día, mientras ejecuto mis actividades y oficios, acontece más o menos lo mismo: las gentes, en su interior frustradas y asqueadas de la idiotez del mundo, o al menos eso me parece, realizan las mismas actividades idiotas que yo en un estado de trance, como si fuesen autómatas, robots sin nada dentro, o séase, como idiotas. Lo mismo de regreso a casa. Día a día esta suerte de extrañeza sucede así. Muertos vivientes caminan, estudian, trabajan, si es que trabajan, regañan, se gritan, se matan, pero nunca festejan la importancia de vivir, a no ser que sea noviembre u otras fechas licenciosas y reteidiotas.

Entonces, por uno o dos días que disfrutan la “buena” vida y el “desvergue” con maquillaje y disfraces ridículos, dejan en el remoto olvido la idiotez del mundo que tienen que vivir y sobrellevar y, si se puede y no los matan a la salida de su casa, sobrevivir. El largo día significa transitar el mundo idiota, siendo y estando uno medio muerto, o séase, como idiota. Durante las noches uno se deja morir completamente sobre la cama, con una esposa zombi e hijos que aspiran a ser unos zombicitos, también bien idiotas, y al día siguiente uno resucita para andar otra vez medio muerto en los oficios y las labores usuales. Mientras tanto la familia poco a poco va muriendo por causa de la idiotez mundial a tal grado que la Catrina se viste de hija embarazada y abandonada por el novio, la Catrina se viste de hijo alcohólico y mafioso, la Catrina se viste de esposa golpeada, la Catrina se viste de marido infiel y, luego, la Catrina se viste de divorcio y familia fracturada; hasta que, finalmente, uno comprende que así le tocó y ni modo, a aguantarse la propia idiotez y la idiotez del mundo hasta que se lo cargue el payaso porque uno no puede saber qué significa su vida idiota: el suicidio lógico, descrito por Fedorcito Dostoyevskito (mírese  de pe a pa Las memorias del subsuelo).

Así tenemos que, al ponernos a reflexionar sobre el ser para la Catrina, ello puede mostrarnos una solución al suicidio lógico dado que, una vez que nos percatamos seriamente de nuestro estar como idiotas en dirección a la muerte; sabedores de que en cualquier momento la idiotez del mundo, sin preguntar, nos aventará hacia el camino de la Catrina; conociéndonos como calacas, cráneos y calaveritas idiotas, afanosas de llegar al final de la vida, y de petatearse; así pues, llegaremos a la conclusión de que hay que resolver nuestro estado de muerte en vida cuanto antes. Sepamos que nos puede tocar ya el momento fatal, sobretodo en una sociedad tan violenta, y que de hecho nos están matando paulatinamente.

Podemos seguir festejando la hipocresía idiota y la teatralidad de los disfraces; podemos seguir riéndonos en las festividades idiotas. Sin embargo, démonos cuenta de que no importa el mejor o el peor disfraz que nos hayamos puesto para vivir nuestra idiota existencia, pues en todas nuestras posibilidades del futuro, sea disfraz de abogado, maestro, presidente, senador, papa indiferente, sacerdote pedófilo, papá misógino, madre luchona, ratero, mafioso, asesino, estudiantito nerd, licenciado, doctor, rector, chalán, joven naco, joven fresa, niña bien puta, niña no tan puta, vendedor de tacos, mendigo, pobre, rico; repito, en todas nuestras posibilidades del futuro hay una que es una y todas a la vez, la Catrina. Y por su causa, deberíamos de ahora en adelante, en esta sociedad tan brutal y sanguinaria, notar que es preciso adquirir un sentimiento de autopreservación de modo que, reflexionando a la vez que actuando, tal vez y sólo tal vez, seamos ligeramente unas calaveritas ahí menos idiotas. Llegaríamos de esa manera a un vitalismo, el cual tanto ha predicado Lucito Severianito.

Tepito, Ciudad de México.

lucius.severianus@gmail.com 

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