750 CARACTERES

Por Fernanda del Monte.


 

750 caracteres, son como los 750 lados de un caleidoscopio sin función alguna.

Las imágenes por sí solas no hablan. Tampoco los muertos ni los cadáveres.

Mi madre me educó siempre mal. Mi padre… él no educaba, vivía. Mal. Malvivía. Trabajaba mucho. Murió por no poder respirar. Me dicen que siempre soy autorreferencial. No conozco otra cosa que mi memoria. La construcción de la vida es artificial. La memoria también. He borrado los nombres de muchos hombres con los que salí. He borrado el nombre de las calles de las casas de mis amigas. No recuerdo los días en la escuela ni las clases que tomé de adolescente. Pero recuerdo las parábolas de la Biblia, los versos de Rosario Castellanos y el libro de las Ciudades Invisibles de Calvino. Pienso que como las ciudades, construyo mi vida a partir de imágenes y recuerdos que no tienen ninguna función. Lo único importante es en qué tipo de barco vamos navegando. El mío es de remos y vela. El viento lo mueve. Mientras que yo cada tanto suelto otra lágrima más, porque mi madre me educó siempre mal. Mi padre… mi padre malvivía. Yo. Me desnudo y escribo. Sin ningún fin. 🙂

 

Ciudad de México, 2018

 

Imagen de portada tomada de:

http://ventana-almundo.blogspot.com/2012/01/como-funciona-un-caleidoscopio.html

Sobre la autora:

FERNANDA DEL MONTE

(Ciudad de México, 1978) Dramaturga, ensayista, narradora, investigadora y directora teatral. Sus obras se han llevado a escena en Canadá, Argentina, España y México. Mantiene un vínculo constante con el trabajo teatral a través de talleres y de escritura constante acerca de diversos temas y por medios diversos. Recibió el Premio Airel de Teatro Latinoamericano, Toronto, 2013 por su obra Palabras Escurridas y el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2013 por Territorios textuales. Sus relatos se editan tanto en México como en España.

Fuente:

http://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/author/fernanda-del-monte/

 

 

LA INUTILIDAD DE LA ENSEÑANZA DE LO CLÁSICO

Por Sys Malakian.

 

En la sociedad en la que vivimos existe un problema gravísimo y de magna importancia, el cual nos afecta a todos, pero no todos son capaces de verlo. La enseñanza de lo clásico es fundamental para comprender lo que sucede a nuestro alrededor; sin embargo, la forma de enseñanza y el mal aprendizaje hacen que sea completamente inútil.

Lo clásico, refieren los especialistas, significa algo trascendental, es decir, lo que permanece al pasar de los siglos sin modificarse. Esto se acepta tal y como no es digerido y escupido por los expertos, pero: ¿qué sucedió, sucede y sucederá en el futuro si no se hace algo?, sencillo, llegará un momento en que las ideas y las propuestas originales mueran y el mundo se cierre.

Un ejemplo claro está presente todos los días en la música, las personas aprenden lo clásico y no hacen uso de su imaginación para poder innovar y transmitir sus ideas, sino que se empeñan en reproducir o variar lo que ya está hecho y considerado de culto, por lo que las personas con ideas propias son puestas en último lugar, ¿cuántos músicos de manual se dedican a tocar piezas de hace más de un siglo y cobran bastante por ello? ¿Cuántos “tributo a” impiden que las propuestas originales se presenten para un público mayor a 100 asistentes? ¿Qué utilidad hay en enseñar lo clásico para hacer lo mismo? No existe ninguna. Es comer lo excretado por otros y volver a crear mierda para que otros la consuman y que el ciclo de la vida del parásito continúe.

Así pues, este problema sucede también en otros ámbitos, no hace falta mencionarlos, por lo que crece y crece al pasar los años. Sin embargo, existen personas que están tratando de cambiar esta situación, y aunque son pocas, pretenden que la inutilidad se convierta en una herramienta útil para la creatividad.  🙂

 

 

Imagen tomada de:

https://www.google.com.mx/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=images&cd=&cad=rja&uact=8&ved=2ahUKEwj10_f_ou3bAhURy1kKHXVeCDAQjhx6BAgBEAM&url=https%3A%2F%2Fwww.dameocio.com%2Fcompositores-musica-clasica%2F&psig=AOvVaw3PdKzAo_UkKJW4yriyGvm8&ust=1529963133760989 

LETRITAS

Por Lucio Severiano.


El decaimiento de la intelectualidad.

 

Letras, letritas, letrititas, letritititas. Letras chiquitas, letras parvitas, pequeñas letras, chaparras letras o enanitas, letras puerilmente diminutas, sucintamente letras pueriles, letras cortas, letras en nimiedad, letras de brevedad, minucia de letras, resumen con letras menos sintéticas, letras mínimamente concisas, letrillas mínimas y letras minúsculas, de universidad, las académicas, de instituto y de tesis y tesinas, para best-sellers, de contrato, letras en negrita, con inanidad, por vaciedad, como oscuridad, en nihilidad, ni hilo en las letras, minuciosidad de bajas letras, efímeras como las versalitas y en tipografía Times New Roman tamaño 8, letras menores, letras de elitistas que no de la periferia, letras pobres, mediocres en comparación con las de los pobres y marginados, es decir, letrillas vanas, vacuas y ridículas ante las letras de la minoría, y minucia mucho menos minuciosa detrás de tal superficialidad letrada. Letrillas polvosas, de grano de arena, partículas, atómicas, miniletras, centímetras, milímetras, “intemporales”, tradicionales, arcaiquitas, antigüitas, decimonónicas, viejitas, ancianitas, ruquitas, senum severiorum,[1] decadentitas. Letritas gramaticales, cientifiquitas, etimológicas, grecolatinas, lingüísticas. Letritas clasiquitas y las modernitas y delefylítas y las enaltecidas celleítas recientemente llamadas enalltitas: γράμματα, litterae, letters, lettres, lettere, buchstaben, буквы, رسائل, 信, 편지, 手紙, מכתבים, अक्षर, bokstäver,  lletres,  letrak, scrisori, tlahtolmachiotl, Wooj, . Sí, en diminutivo y en redundancia: letritas filológicas. ¡A ti me dirijo, oh mi muchachito, mi niño, mi niñito, mi hermanito hipocritita![2] Nugae! ¡Tonterías![3] ¡Tonteriítas!

Ni en lo más mínimo, en serio, siendo otras las circunstancias, ni mínimamente me hubiera preocupado de estos temas de insulsos. Pero por mera vanidad y orgullo me veo arrojado a lanzar un poco de sangre contra una especie particular que olvidaron catalogarla los biólogos –tal vez porque no leen nada de nada, ni siquiera sus textos perogrulladamente científicos, ¿y así quieren catalogar?-; ah pues, la especie que sí lee un chingo y bien que también se la pasa catalogándolo todo (aun cuando no entienden a fin de qué lo hacen), es aquélla de hombres miniatura, homo insipiens[4] podría denominarse para tener yo el pretexto de lucirme aventando unos cuantos latinajazos.

Hubo una época en que estos homines insipientes no eran insipientes, sino que eran respetados por sus cualidades reflexivas y constituían la base de todo conocimiento y toda sociedad –eran así respetables,[5] si no me creen, vid., los adjetivos que utilizaban en sus escritos: eminentissimus, praeclarissimus, aestimadissimus; plus vid., ilustrissimus, doctissimus, sapientissimus; ultra vid., beatissimus, amatissimus, nominatissimus; super vid., doctor, clarus, admirabilis, magistrus, praeceptor; mega vid., opinatissimus, scrupulossisimus, promptissimus; recontra vid., subtilis et multus, brevis et commodus-.

Eratóstenes, verdadero todólogo griego, aportó el primer nombre (philólogos)[6] para aquella clase que a lo largo del tiempo degeneró en lo que ahora es: execratio, o sea, mierda. Este philólogos o filólogo era simplemente esto: amigo de las letras. Las letras, en aquella época prometeica, significaban, en mor de mi argumentación, conocimiento humano. Nada más. No había escisiones, no fragmentaciones. El científico era poeta (Arato), el médico, filósofo (Hipócrates), el historiador, político y militar (Tucídides), el poeta, gobernador (Solón), y así me puedo seguir con otro catálogo, pero me da la impresión de que si agrego uno más, me van a odiar los insipientes, como las mujeres al pobre Semónides y de paso a Hesíodo. Eso les pasa por machistas y patriarcales, me caga su pensamiento machista machistoso.

¿Mujeres Letradas? Luego salen Embarazadas y no pueden con una carrera, no pueden con el latín y quieren aprender otras lenguas… ¡Que aprendan español mejor! Para que no las engañen la copia dicendi y el summum eloquentiae studium[7] del novio y ergo las dejen empanzonadas, “gastronas”.[8] Sí, claro, las letras pertenecen sólo al vir, viri, viro, virum, vir, viro, viri, virum/orum, viris, viros, viri, viris. ¡Qué difícil! Mugre declinación tercera. ¿Mujeres? Que no confundan y mucho menos declinen esta palabra con fuerza, porque eso es muy machista. El manualito alemán de enseñanza diría: la puella docta non est. Eso sí no, no me hagan declinar puella, por favor, porque yo ya estoy hasta la madre.

Y ¿qué la voz letrada? – “Una verdadera sintaxis, enredada y estirada a tal punto que transvalora las funciones de las palabras”- vox populi dixit.  Un caso que no es ese caso. ¿Ah, cabrón? ¿Cómo es eso? AcÍ, ací, así merote, ésse, ésse, ése mero es el ejemplo, ¿cómo la vez? Ésas sí son lenguas chingonas, las de casos, y no estas mariconadas del español: sujeto, verbo, objeto directo. Pinche lengüita chafa.[9]

El más cae mal de todos aquellos insipientes antiguos, pero que decía una que otra cosa buena, es aquel que, como ellos mismos dicen, “llevó al límite el arte del decir (copia dicendi) y explotó la lengua latina hasta más no poder.” –“Oh sí, copia dicendi, una traducción más apropiada sería el arte de la argumentación.” ¡Sublime! Y para un escritor de la SOJEM, educado a la Mario Moreno, le vendría bien ésta: el arte de la verborrea. ¡Sublime! Y para todo letrado de la actualidad, yo propongo ésta: el arte de decir mierda. ¡Qué sublime! ¡Excelencia! Porque se la pasan diciendo pura mierda en todos y cada uno de los escritos que les leo, se parecen al chorero Odiseo, el Cantinflas de la antigüedad. Ya basta de burlas. Correctamente, precisamente, no exactamente, justamente, ciertamente, verdaderamente, efectivamente,  si ciceroneamos la traducción, queda: el arte retórica.

De tal manera, más o menos de ese señor calvo y gordo, precursor de SANTO Tomasito de Aquino, viene la idea del Letrado, EL LETRADO, el hombre de letras, homo litterarum. Era pues, una clase de todólogo que servía bien a la comunidad. Hombre a quien podía confiársele un cargo público para el bien de la comunidad. Letrado una palabra genérica que podía aplicársele a una clase de hombre, poseedor de conocimientos necesarios que lo capacitaban para una materia, para un servicio, verdaderos polytropoi[10]: gramáticos, juristas, médicos, filósofos, ingenieros, arquitectos, administradores, economistas, gobernantes, maestros de tal o cual tema, y naturalmente el mismísimo artista. Tal es la idea recordada sobre todo durante el Renacimiento. Sobra poner ejemplos de la época, época libresca.

Versados desde el Medioevo en Trívium y Quadrivium, esos letrados no concebían aún la escisión de teoría y praxis. Se forjaban tanto para la consideración como para la labor, y destacaban en la usanza de que la fundamentación y la acción forman un uno inseparable. Razón según la cual, si bien la fundamentación precede a la acción en términos convencionales, aquélla contiene rasgos operativos o características de acción, de modo tal que la reflexión ya en sí misma se develaba como un tipo de praxis: el acto de reflexionar. Pues no hay acción auténtica sin fundamento y no es concebible fundamento alguno carente de acción: reflexionando nos acercamos al acto, actuando percibimos lo necesario a reflexionar.

Los fuegos de la industria dejaron destruida nuestra Cartago,[11] y se le permitió la existencia al desvarío de los conocimientos: fragmentación, destrucción, escisión, desunión, o un nombre más apropiado según nuestra época, especialización. Las carreras proliferaron, las licenciaturas se reprodujeron, emergieron las maestrías y los doctorados se emanciparon: las ciencias olvidaron las filosofías, las matemáticas repudiaron la gramática, la historia engañó al arte y, por si fuera poco, la literatura se evaneció de los conocimientos. La objetivación y la producción maquinaron la ruptura del matrimonio por excelencia, las bodas de Filología y Mercurio; el ansia de objetivar y la sed de producción incubaron la discordia entre las hermanas liberales para que, en lontananza y desconocimiento, se miraran las unas a las otras con odios secretos, arraigados resentimientos, aunque, en lo muy profundo, con mutua añoranza.   La Vetusta Verdad dejó de rezar así: “Busquen y encontrarán, toquen y la puerta abriráse a ustedes.”[12]

Las letras quebráronse, cual vaso de vino sostenido por mano endeble. Los hombres de letras se refugiaron en historia monumental, en minuciosidades de la lengua y en consideraciones estéticas circulares, y de perspicaces e innatos creadores volviéronse engranes oxidados para un reloj desinteresado de ellos.  Las antiguas enseñanzas de aquellos grabados en manuscritos y papiros, aquella arquitectura ebúrnea,[13] aquellos monumentos más perenes que el bronce,[14] ante todo y sobre todo, el recuerdo escrito de la genialidad artística, pese a tenerlos tan cerca, tan lejos permanecen de nosotros. ¿Por qué? Ellos no existen en función de la acumulación sapiencial bruta y arrogante, tampoco del mecimiento idealista, rencoroso del ahora y productivo para el hoy, ni siquiera de la indiferencia para los aquí presentes, sino de la apropiación de los mismos entorno a y hacia la creación propia. Lección fundamental negada en nuestras instituciones educativas y prohibida por nuestro género de letrados. Traición para la literatura, con los mismos literatos en calidad de iniciadores, quienes no son sino los agentes mortíferos en pro de la destrucción de las letras propias.

El género narrativo he exprimido dado que agradó a mi espíritu. De aquí, deseo asir por los cabellos de nuevo a la burla dado que tengo un corazón ponzoñoso. Perdón, ya letraditos, dispénsenme, no quiero seguir molestándolos… bueno sí quiero, ¿qué haré? Pues es que la verdad, la verdad, la pura verdad… –¿eso es lo que están siempre buscando con sus ridículas minuciosidades, no? La verdad objetiva. ¡Guau!-, la mera verdad…, que tengo un hígado espinoso. ¿Sí me entiendes la referencia del hígado, verdad? ¿No que tú muy helenista? Jah, jah. Me cago de risa.[15]

Facultad de Filosofía y Letras, Ciudad Universitaria, México.

lucius.severianus@gmail.com

 

Fuentes consultadas:

[1] Catúlo. Cármenes.  V, 2.

[2] Baudelaire, Charles. Las flores del mal. “Al lector”. p. 28. Pocket. Francia. 2013.

[3] Persio. Sátiras.  I, 5.

[4] Anselmo de Canterbury. Proslógion. I, 3.

[5] Moro, Tomás. Utopía. I, 3.

[6]Suetonio. De los gramáticos y rétores. 10.

[7] Cicerón. De la invención retórica. I, 1.

[8] Erodas. Mimiambos. 5.

[9] Vallejo, Fernando. Entre fantasmas. p. 215. Alfaguara. México. 1993.

[10] Homero. Odisea. I, 1.

[11] Plutarco. Catón el Mayor. 27, 2.

[12] Mateo. 7:7.

[13] Ovidio. Metamorfosis. X, 275-276.

[14] Horacio. Cármenes. III, 30, 1.

[15] Persio. Sátiras. I, 11-12.

 

Imagen de portada tomada de

https://blogs.ancientfaith.com/orthodoxbridge/category/sola-scriptura/page/7/