LOS RIDÍCULOS

A veces uno tiene que encontrar la forma de no desaparecer de la consabida y borrega opinión pública, porque desaparecer implicaría que la manada ha descubierto que la carroña es la mierda de la cadena alimenticia y que ya no es necesario comportarse como plantas.

Así es como Meade (lamento mucho tener que mencionarlo), un dizque candidato a la presidencia, entiende las cosas: ¿o por qué entonces usa frases hiperbólicas cargadas de mentiras tan cómicas? ¿Por qué se ha apropiado del lenguaje popular alguien que creció en las altas esferas de la sociedad mexicana, desde donde nos ha mirado con lástima y desprecio? ¿Por qué le cambia el nombre a lo que ya lo tiene? ¿Por qué sobreactúa sus participaciones y poses?

Afortunadamente para mí, desafortunadamente para él, en su caso nadie ha dicho ni puede decir que está guapo. Ya de entrada, ahí se ve por qué este personaje no puede ganar la presidencia en un país que critica a los hombres por pensar con el pito pero cuyas mujeres aún nadie se atreve a decir que piensan con la vagina. Yo sí lo puedo decir.

Pero volvamos. El tipo este se rasga las vestiduras en prometer que va a cumplir lo que no se puede prometer porque no está a discusión, porque siempre ha debido ser así, por ejemplo: que va a ganar sin fraude alguno. Caballero, ¿y a usted quién le preguntó? Eso usted no me lo tiene que decir porque para mí es obvio: uno paga impuestos y vive en una sociedad civilidemocrática porque las cosas deben funcionar de cierta manera, sin fraudes, maldito cínico.

Sé bien que el paisaje político de nuestro país nunca estaría completo sin el candidato del PRI. Hemos aprendido que la vida es un bodrio de telenovela a lo Azteca Noticias o a lo Loret de Mola-López Dóriga, lo sé, no lo critico. Somos un país de ridículos que viajan en auto con reggetón a todo volumen, de parejitas que pelean en el metro, de pleitos familiares y de puestos de revista repletos de mujeres desnudas: somos ridículos.

Al pasar por el territorio nacional, los mayores avances tecnológicos y las más grandes ideas parecen un chiste ridículo porque aquí el Progreso es un sueño que se narra cada seis años para acudir a poner un tache en un costoso papel para luego dejar que todo siga igual. Así que yo espero que Meade gane la presidencia porque representa lo que somos. Nadie puede entendernos mejor que este tipo hablador, fingido, perdedor, tramposo y feo.

Vota por Meade. ☺

leo.muller.platz@gmail.com

 

Imagen tomada de https://goo.gl/xRpSFK

 

CUARENTA Y TRES

Por Ximena Corona.


Un número rojo en un camellón de una de las avenidas principales de la Ciudad

 

Es el número 43 en medio de Reforma es un curioso intento de recordar que 43 estudiantes de una escuela rural desaparecieron como en show de magia barato, así como desaparece el dinero público, el celular entre la multitud del metro, las promesas electorales, las mujeres que toman taxi, que suben a una combi o que sólo van existiendo por ahí; así como el mago desaparece a la modelo y todos nos sorprendemos y hacemos que creemos y él hace que cree que nos cree que le creemos y todos creemos porque nos divierte fingir.

Y a todo esto ¿qué les pasó a los 43 jóvenes normalistas? Y no me refiero a dónde están o quién se los llevó porque para esas preguntas tenemos nuestra cucharada de verdad histórica, la cual falló como sedante, pero, como efecto secundario, logró la falta de memoria. Me refiero a la idea, a la imagen, a la marca casi registrada en que se convirtieron: Los 43.

Pues el asunto es sorprendente porque después de ser Israel Caballero, Abelardo Vázquez, José Luna, Jorge Álvarez, Miguel Mendoza, Everardo Rodríguez, Julio López… pasaron a ser un número rojo en un camellón de una de las avenidas principales de la Ciudad, donde se alberga el Estado que con su máscara de mago los desapareció; a los dos meses con su máscara de justiciero los anunció incinerados en un basurero y más tarde con su máscara burlesca instó a superarlo.

Pero lo que a tres años de aquel septiembre no ha desaparecido es el monumento de Los 43, ése ahí está a la vista de todos, como mendigo ciego sin piernas en la banqueta, que incomoda, pero que a nadie inmuta; a la intemperie, donde golpea la indiferencia y los perros orinan cómodamente, frente a un, dizque, caballito amarillo y entre hoteles lujosos.  ¿Dónde más se puede encontrar la profunda soledad e indiferencia si no es entre la multitud?

Así mismo, ellos pasaron de la Escuela Rural de Ayotzinapa, Guerrero, a una de las zonas Inn de la Ciudad. Pero aquí no llegaron solos, les dieron muchos empujoncitos y uno de esos empujones lo dieron quienes compraban y quienes vendían en las marchas las playeras con la leyenda “Nos faltan 43”. Había para todos los gustos: la negra para el que se dice anarquista y la blanca para el que se dice pacifista y, como la temporada lo ameritaba, también había sudaderas con la misma leyenda.

¿Buscaban (buscan) lo mismo los padres de esos jóvenes que los vendedores y compradores de esas playeras? ¿Todos los que llegamos a estar en alguna de esas marchas exigíamos lo mismo o cada quién tenía sus +43 razones para estar ahí? ¿Buscaba lo mismo el estudiante, la maestra, la oficinista, el niño con sus papás y el obrero?

Pareciera que la disociación a causa de la constante competición (por el trabajo, la comida, la educación, el asiento en el pesero, la ficha en el Centro de Salud, el lugar en la unifila del IMSS, etc.) desemboca en un hambre voraz de querer pertenecer a algo que tenga o parezca tener algún sentido o propósito. Y surge de entre el horror la desaparición forzada de cuarenta y tres jóvenes y de repente a todos “Nos faltan 43”. Pero, como la indignación la vendían en forma de playera… pasó de moda.

Entonces, ¿qué alza ese +43 en Reforma? ¿La indignación, el coraje y el no-olvido de quienes lo colocaron ahí o la burla del Estado que lo adoptó para presumir y advertir los alcances de su atrocidad?

 

Imagen de portada tomada de:

http://reverso.mx/ejercito-ordeno-operativo-en-el-que-desaparecieron-los-43-anabel-hernandez/