UN DÍA EN UN CALL CENTER

Por Eduardo G.


 

Seguro estoy de que todos, en algún momento, hemos sido víctima (y en muchos casos, en los momentos más inoportunos) de algún asiduo vendedor que, por vía telefónica, trata de ofrecernos un producto que, con seguridad, no sólo no queremos o no necesitamos, sino que hemos rechazado infinidad de veces… dentro de la misma semana (o incluso, no lo sé… dentro del mismo día). Esta labor, que pudiera parecer molesta o monótona, parece cada vez más ponerse de moda entre los jóvenes, sin importar de qué rubro social provengan, o bien, llámese estudiante o cabeza de familia. Sin embargo, pocos conocen la naturaleza de un trabajo como éste, lo que implica y la relativa dificultad que exige para poder desempeñarse como es debido.

Con frecuencia, uno, al responder a este tipo de llamadas, puede pensar que se puede tratar de una broma, de una extorsión o, simplemente, un asedio total de una empresa para que termines comprando, sí o sí, el servicio o producto en cuestión (algo que, sobra decir, está más que penalizado… pero, claro, hablamos de nuestro México lindo y querido). Nada más  lejos de la realidad.

Para resumir de forma concisa la experiencia de estar del otro lado del teléfono (aunque en realidad, usamos una computadora), es necesario decir que un ejecutivo telefónico no es más que una víctima de las rigurosas políticas de la empresa para la cual trabaja, sometidos a un monitoreo constante de su labor con el fin de verificar que en todo momento, se cumplan con los estándares de calidad requeridos por la empresa en cuestión. El ejecutivo telefónico no tiene opción, debe de contestar la llamada que “le caiga”, sí o sí, y así la persona que conteste exprese de forma un tanto… efusiva que no le interesa el adquirir producto (o bien, el servicio) que se le está ofreciendo; es obligación del ejecutivo mencionar la oferta comercial al cliente y no sólo eso…: ¡Y HACER, CONTRA VIENTO Y MAREA, QUE LO ADQUIERA!

Obviamente en la inmensa mayoría de los casos, esto último no se logra, teniendo en su lugar una violenta oposición por parte del cliente final; pero a lo que voy es a que, por más molesta que pueda resultar una llamada de ese tipo, finalmente quien la realiza no tiene alternativa. Así el producto haya sido rechazado por esa misma persona varias veces o se queje de un continuo asecho por parte de la empresa que llama, el trabajo debe de realizarse, y con toda la presión que los supervisores ejercen sobre su personal.

Oh, cierto, no he mencionado las jerarquías dentro de un Call Center convencional. En realidad no es tan importante y las mismas no son muy complejas, simplemente podemos decir que el ejecutivo telefónico está en la base de la pirámide, mientras que los supervisores simplemente están un escalón (o dos) por encima de los responsables de “hostigar” al cliente. En resumen, los supervisores son los que se encargan de “mejorar la productividad” de un determinado Staff (equipo de trabajo conformado por un supervisor y un conjunto de ejecutivos telefónicos), dicho en otros términos…: se encargan de exigir ventas a sus subordinados sin importarles las dificultades que se puedan suscitar durante la labor.

La jornada laboral promedio de un Call Center es de 6 horas, con solo 10 minutos para ir al baño y 20 minutos para comer. El sueldo base suele ser paupérrimo, y sólo tienes oportunidad de expandirlo por medio de las comisiones que generas al concretar tus ventas. Para resumir, sólo quisiera hacer una cordial invitación a quien tenga la oportunidad de leer este texto, a que, cuando les llegue a surgir este tipo de llamadas, simplemente respondan con amabilidad. Hay que recordar que el operador telefónico no tiene forma de evitar un número telefónico que ha sido “quemado”, y de cualquier forma tiene que continuar con su script de venta. 🙂

 

Imagen de portada tomada de:

https://www.abc.es/internacional/abci-nueva-esclavitud-trabajo-call-center-33-centimos-hora-tarento-italia-201802271432_noticia.html

AGRESIONES SEXUALES EN LA UNAM

A veces los chamaquitos se alocan. Incluso, por tantos problemas que uno carga cuando es joven, busca meterse en otros tantos, ya incluso asegurado el lugar en la universidad. Por eso mismo debe pensarse que las protestas para denunciar las agresiones sexuales acometidas por parte de maestros de historia, de informática y de un humilde trabajador de una cafetería en Prepa 5, Prepa 9 y CCH Vallejo respectivamente, son un invento más de la chamacada alocada fiestera.

De parte de algunos que aprovechan estos sucesos para ejercer su inalienable derecho  a la apatía y la indiferencia, o sea, de aquellos que no tienen de qué quejarse porque a ellos no les pasó nada, podemos esperar un silencio que, a decir verdad, no viene nada mal, porque no suelen tener nada interesante qué decir en ningún momento, sino siempre puras banalidades; y de parte de las autoridades de la universidad no cabe esperar nada nuevo: lo negarán siempre todo, incluso antes de investigar.

A algunos (la mayoría), les parece esto una contradicción: ¿cómo? ¿En la máxima casa de estudios (epíteto rimbombante, que suena como a penal de máxima seguridad de Almoloya), lugar donde se enseña el método científico, no se investigan los casos de agresiones sexuales contra sus alumnas? Pues no. La tradición escolar dicta que el alumno nunca tiene la razón.

En realidad, el modo en que funcionan las escuelas consiste en hacerle creer al alumno que se le está dando algo que nunca aparece: criterio, conocimiento, interés, entrega, creatividad y sobre todo, aquello que el discurso nacionalista exalta, ideas para mejorar nuestro país.

Pero ya ven, todo mundo quiere estar allí y todos se sienten parte de una gran misión celestial cuando acceden a la UNAM. Se obnubila el alma cuando en esa utopía general pasa algo que no concuerda, y siempre será mejor encubrirlo, no creerlo, taparlo, negarlo, porque si no, el sueño pierde esa aura áurea dentro de la cual todos parecemos diosas y dioses, héroes y heroínas (véase la gaceta de la UNAM).

Pero ahora cada vez es más difícil ocultar lo pedestre y silvestre de nuestras instituciones. Aunque el rector se empeña en difundir que en su territorio todo es lindo y aséptico, ahora también sabemos cuán incompetentes son las áreas jurídicas de la UNAM y cuán cerdos pueden llegar a ser su profesores hombres.

Heidegger fue discípulo de Husserl; Freud lo llegó a ser de Charcot; Marx lo fue de Hegel. Eso, en los libros, significa que aprendieron a refutar a sus maestros, a discutirlos, a contradecirlos. ¡Y miren qué resulto!

En cambio, yo fui discípulo (hace tiempo) de la maestra Reynalda, que daba pena; y hoy lo soy de otros tantos ridículos, ya en la polis sofocósmica. Y eso en la realidad quiere decir que si yo quisiera discutir con ellos sería imposible, ya sea porque no les interesa, ya sea porque piensan que yo debo obedecer y aprender, ya sea (lo peor) porque no saben, porque son más ignorantes.

Así, cuando un alumno tiene un ideario, un criterio, una pasión (que se supone que es lo que las escuelas se atribuyen fomentar en sus alumnos), las figuras de autoridad de las escuelas se dedican a ignorarlo y a callarlo, y a poner peros y trabas. Y si las alumnas de las escuelas dicen que sus profesores hombres las acosan y pretenden abusar sexualmente de ellas, las califican de mil maneras y las cuestionan (como no se permitiría hacer a ningún maestro o director); luego, las figuras de autoridad se hacen chiquitas chiquitas y dicen ignorar: perros mentirosos. 🙂

 

Imagen de portada tomada de:

https://www.animalpolitico.com/2018/02/abuso-sexual-cch-vallejo/

VERDAD Y SANGRE

ESTE VIERNES 23 de marzo de 2018 se cumple, en la cuenta, un año del asesinato de la periodista Miroslava Breach y su compañero Javier Valdéz, ambos corresponsales y periodistas, indagadores y expositores de las marranerías de los “narcocandidatos.” No se trata de rememorar o volverlos mártires, sino de detonar la importancia de un periodismo sincero, una investigación franca. Algo así nos hace falta: escribir menos basura editorial y académica para escribir letras más inquietas.

Me sorprende con tal indignación que, al propio tiempo que de la manera más atroz mueren periodistas con auténticas convicciones y bastante valor, otras gentes, que se autodenominan investigadores, insisten en la otra investigación, una que por ocurrencias lógicas -más bien ilógicas-, se refugia en la palabra objetividad. Entretanto, la verdad se cobija con tinta sangre de balas, feminicidios, cabezas cortadas, un estado que se viene abajo, y el hambre de corrupción presidencial. La verdad es que la verdad en este mundo es roja, ni objetiva ni única.

Durante largo tiempo creí que investigar a la manera escolar era un hecho activo que producía cambios sociales; mi descreencia, no obstante, se mostró clara cuando una de mis preceptoras sostuvo que una indagación informal no tiene valor alguno, y que para cambiar las cosas hay que tener una investigación “contundentemente” objetiva. Este argumento escolar –sin importar cuánta teoría hermenéutica se escupa- sigue la línea aquella, por demás ya torpe, de que la verdad es única, indivisible, severa, por vía de la objetividad.

Sin embargo, en términos prácticos –y por practicidad entiendo la vida cotidiana y del día a día, donde muere gente por buscar la verdad-, esto es un absurdo: la lógica estúpida, que se suicida. No. No se puede hablar de investigación en un cubículo o en un salón con pizarrón, mientras destazan personas, violan y matan mujeres, y donde los periodistas son eliminados a plomazos, por no decir calcinados; y mucho menos, unas investigaciones tales tendrán jamás injerencia en la metamorfosis social que tanto urge. ¡Cuánto papel y libro! ¡No obstante cuánta degeneración mayor!

Pero tal vez existe otra línea de indagación, una menos parca y más atenta con la realidad social; una investigación poética y teorética a la vez que práctica y unificadora, en la cual las diferencias sean meramente conceptuales; un inquirir menos encarcelado y burdo, y más bien callejero y forajido. Una visión de semejante género se forma a partir del espíritu de la calle: hastiado, mas no por eso rendido; una metodología diferente mediante la cual sea posible limpiar los afluentes y máculas de sangre coagulados en las hojas de papel, y lograrlo por la simple creencia de un bien vivir. Optamos por una verdad diferente, inmadura tal vez, pero con fuerza de empatía. Y en esta guerra de guerras, donde para encontrar la verdad a diario esquivamos balas y sangre, decadencia y muerte, ¡donde arriesgamos nuestra propia vida por las demás vidas!, debemos enfocar nuestra atención probablemente en aquel filósofo griego rezongón, contreras, llorón, oscuro: no nos bañamos dos veces en el mismo río…

¿Mi glosa? La verdad no se encuentra dos veces en el mismo río de sangre. Y aunque nos maten a todos, aunque mueran estos nuevos investigadores de la verdad -que ahora paulatinamente brotan-, la ciencia, ¡su conocimiento!, que están confeccionando tendrá peldaños más perenes que el bronce… será imparable, como el tren de la niñez… ¡Larga vida a la Periodística!

 

Imagen tomada de:

http://www.milenio.com/policia/periodismo_escrito_con_sangre-javier_valdez-antologia-libro-aguilar-milenio_0_1012099104.html