PARENTÉTICAS PARAGRÁFICAS

(No se acostumbra hacer largas parentéticas en los textos, pues se supone que simplemente funcionan como explicaciones prescindibles para el sentido de nuestras hermosas oraciones, nuestros contundentes párrafos, y por ello no hay que romper mucho la regla haciendo extenso aquello que olvidaremos al primer cambio de párrafo.

Pero como en este país (como me explicó un taxista hace poco) todo es posible (es decir, no hay reglas (o se pueden romper)) y la única regla es que no hay reglas (contradictoriamente), la constancia y el orden son algo así como un invento muy sofisticado, particularmente en cuanto al pensamiento.

A ver, vamos a abstraer, no se asuste. En cuanto al pensamiento, logramos dejar en suspenso la línea de pensamiento general para pasar a explicaciones prescindibles, fuera de la semántica fundamental. Dejamos atrás, muy atrás, difuminando hacia la subordinación lo principal y volviendo principal lo circunstancial, los puntos que creíamos más importantes.

Así, los miles de desaparecidos y asesinados, las miles de mujeres violadas y explotadas, el tráfico de drogas, el lavado de dinero, la falta de educación y oportunidades, las fracturas a los derechos humanos, la corrupción, las ordas de desplazados, marginados y abandonados, la pésima salud, la mole de la violencia y el control de las calles por grupos delictivos, la nula afectividad de cualquier institución (del ramo que sea), el cinismo de nuestros gobernantes, la dificultad para convivir con nuestros compatriotas, la sobrepoblación, los periodistas asesinados, al igual que activistas… son cosas que algún día fueron principales pero que ahora se encuentran desplazadas por un largo largo largo paréntesis: las elecciones.

Entonces, una vez terminada esta parentética paragráfica electoral, habrá que retornar al principio del texto para redescubrir de qué hablábamos, qué era lo principal, qué vamos a desarrollar primero). 🙂

AGRESIONES SEXUALES EN LA UNAM

A veces los chamaquitos se alocan. Incluso, por tantos problemas que uno carga cuando es joven, busca meterse en otros tantos, ya incluso asegurado el lugar en la universidad. Por eso mismo debe pensarse que las protestas para denunciar las agresiones sexuales acometidas por parte de maestros de historia, de informática y de un humilde trabajador de una cafetería en Prepa 5, Prepa 9 y CCH Vallejo respectivamente, son un invento más de la chamacada alocada fiestera.

De parte de algunos que aprovechan estos sucesos para ejercer su inalienable derecho  a la apatía y la indiferencia, o sea, de aquellos que no tienen de qué quejarse porque a ellos no les pasó nada, podemos esperar un silencio que, a decir verdad, no viene nada mal, porque no suelen tener nada interesante qué decir en ningún momento, sino siempre puras banalidades; y de parte de las autoridades de la universidad no cabe esperar nada nuevo: lo negarán siempre todo, incluso antes de investigar.

A algunos (la mayoría), les parece esto una contradicción: ¿cómo? ¿En la máxima casa de estudios (epíteto rimbombante, que suena como a penal de máxima seguridad de Almoloya), lugar donde se enseña el método científico, no se investigan los casos de agresiones sexuales contra sus alumnas? Pues no. La tradición escolar dicta que el alumno nunca tiene la razón.

En realidad, el modo en que funcionan las escuelas consiste en hacerle creer al alumno que se le está dando algo que nunca aparece: criterio, conocimiento, interés, entrega, creatividad y sobre todo, aquello que el discurso nacionalista exalta, ideas para mejorar nuestro país.

Pero ya ven, todo mundo quiere estar allí y todos se sienten parte de una gran misión celestial cuando acceden a la UNAM. Se obnubila el alma cuando en esa utopía general pasa algo que no concuerda, y siempre será mejor encubrirlo, no creerlo, taparlo, negarlo, porque si no, el sueño pierde esa aura áurea dentro de la cual todos parecemos diosas y dioses, héroes y heroínas (véase la gaceta de la UNAM).

Pero ahora cada vez es más difícil ocultar lo pedestre y silvestre de nuestras instituciones. Aunque el rector se empeña en difundir que en su territorio todo es lindo y aséptico, ahora también sabemos cuán incompetentes son las áreas jurídicas de la UNAM y cuán cerdos pueden llegar a ser su profesores hombres.

Heidegger fue discípulo de Husserl; Freud lo llegó a ser de Charcot; Marx lo fue de Hegel. Eso, en los libros, significa que aprendieron a refutar a sus maestros, a discutirlos, a contradecirlos. ¡Y miren qué resulto!

En cambio, yo fui discípulo (hace tiempo) de la maestra Reynalda, que daba pena; y hoy lo soy de otros tantos ridículos, ya en la polis sofocósmica. Y eso en la realidad quiere decir que si yo quisiera discutir con ellos sería imposible, ya sea porque no les interesa, ya sea porque piensan que yo debo obedecer y aprender, ya sea (lo peor) porque no saben, porque son más ignorantes.

Así, cuando un alumno tiene un ideario, un criterio, una pasión (que se supone que es lo que las escuelas se atribuyen fomentar en sus alumnos), las figuras de autoridad de las escuelas se dedican a ignorarlo y a callarlo, y a poner peros y trabas. Y si las alumnas de las escuelas dicen que sus profesores hombres las acosan y pretenden abusar sexualmente de ellas, las califican de mil maneras y las cuestionan (como no se permitiría hacer a ningún maestro o director); luego, las figuras de autoridad se hacen chiquitas chiquitas y dicen ignorar: perros mentirosos. 🙂

 

Imagen de portada tomada de:

https://www.animalpolitico.com/2018/02/abuso-sexual-cch-vallejo/

EL CERDO HA HABLADO

A mí no me engañas, ¡Cerdo!, ¡Gran Cerdo! Bueno sí. Llevo poco más de diez años pagando el servicio celular que ofreces. Pero incongruencias aparte, no me engañas.

A ti nunca te ha importado este país. Te he visto ya varias veces y sueles aconsejar de dientes para afuera. Propones y propones pero no pones el ejemplo. Eres un farsante más en este mundo de farsantes y haz contribuido como todos al hundimiento de este país de pobres, de hipócritas y de mustios como tú.

Eres lo mismo oportunista que Cerdo. Ahora resulta que llamas a la borregada de reporteros de los medios nacionales para darte una vez más tus aires de grandeza. Ojalá construyas tu aeropuerto y por fin, ya contento con el usufructo, guardes un perenne silencio del alcance de tu ambición.

Yo no creo que se hunda el aeropuerto, ¡Si no se han hundido con el peso de tu ambición y corpulencia, Gran Cerdo, ya nada puede hundirse más en este país hundido!

Una de las grandes virtudes de la lengua española es esa facilidad con la que puede usarse para dar envolturas inocentes y tiernas a las palabras de los más grandes hijos de puta de la nación. Entonces, ahora tú emites humildes opiniones en pro del beneficio de la nación. La nación de la que te has atascado como el Cerdo que eres para alcanzar el poder que le da sentido a tu vida, el combustible de tu ambición. Bien por ti.

A mí me da gusto que mis compatriotas se superen día a día: me da gusto que Aurelio Nuño termine de ler sus libros; me da gusto que Andrés gane amigos de entre, incluso, sus enemigos; me da gusto que Anaya viaje por el mundo y amplíe sus horizontes; me da gusto que Peña haya acabado la carrera con mención honorífica por la tan chingona tesis que se aventó a escribir, contra todo pronóstico por su deficiente intelecto, y le haya demostrado al pueblo iletrado lo que es un hombre de ciencia y letra con valentía y honestidad; me da gusto que cada día seas más rico, Cerdo. Neta.

El Sátiro y yo, Leo Müller, te enviamos un abrazo y a ver qué día que no estés tan ocupado hablando de negocios, nos echamos un vinito y unas putas extranjeras. Adiós.

DE GUAJOLOTAS Y EMPUTAMIENTOS

Por Amaranta Armadillo.


 

 

Cada día me levanto emputada, y no es por problemas gástricos ni por lo que algunos lectores avezados diagnostiquen como “mis días” (como si no hubiese una mejor explicación para la indignación femenina que no sea estar al borde de la locura uteral o sobrepasada de hormonas, esas cosas del diablo que al parecer los hombres-hombres no tienen). No, me temo que no es indigestión, ya he probado de todas las medicinas y ya ni el pepto me hace efecto. Aún así, siento como si trajera media guajolota atorada en el pescuezo del estómago, como si  el café de la mañana me hubiera terminado de joder los riñones ya de por sí machacados por la estática del oficio (o perjuicio) de ser tesista.

“A de ser el pinche colchón que no me dejó dormir otra vez”. Pero no, esto se siente como una bronca que está esperando a ser despertada, como un pleito aguardando en medio de un puño cerrado… que me quiero comer un pollito con alguien, pues… pero con quién y por qué (antes de empezar a repartir golpes hay que hacer al menos esas dos preguntas  para que los efectos de la tranquiza no le toquen a un pobre desprevenido que sólo vaya caminando por ahí).

Bueno, ya hay que despertarse, hacer el cuarto y bajar a desayunar para salir corriendo al trabajo. Mamá ya está levantada como siempre antes de las seis. Ya fue a la leche y ya está haciendo el desayuno y el café, se irá a correr en cuanto acompañe a su esposo a la salida para después hacer las compras del día y volver a casa para despertar a los hermanos que quedan aún guardados en sus camas, después aseo y más aseo, lavará como más de tres kilos de ropa, se peleará con sus hijos por ver quién va por las tortillas, esperará a que le dejen poner su “ruido” (la radio) y ponerse a tejer, después a que le suelten la tele y pueda ver algo que le guste (su telenovela de las ocho) y a preparar de nuevo comida para su marido, esperarlo para irse a dormir y empezar de nuevo otra vez.

Terminado el desayuno, a correr. Toca subirse a la combi, apretada hasta los huesos, esperando que no se me mallugue la mercancía que voy cargando. El vato que va a mi lado ya perdió el control de su cuerpo y viene desparramado encima de mí. Veo de qué forma no importunarlo tanto, pero que no se pase de lanza. Es interesante verle las caras a las mujeres: todas con un no sé qué de incomodidad que no sé si viene de los morros desparramados cual queso en comal o de las patotas abiertas que se cargan, como muy a la huevos de oro (pinches lingotes de papel maché que se cascan de sólo decirles que cierren el escaparate, que nadie anda buscando impresionarse y si lo buscáramos lo haríamos con los precios del transporte público y no con su frágil virilidad).

Ya, al metro. Sección de mujeres a fuerzas, porque al menos acá no andan queriendo probar la calidad de mis enaguas en cada frenón que damos. Vale cheto, somos un chingo, ¿por qué solo tres vagones para nosotras? No manchen, ya ni me puedo mover… literal. Al menos una señora se ha ofrecido a cargarme la bolsa, ya saben para que no estorbe y no se vuelva un arma mortal saca-costillas.

Pantitlán y sin división de secciones, vamos a guardarnos todo, hasta las piernas de ser posible. ¿Ese man me está tocando o sólo es el movimiento del metro? Y aunque lo fuera, puede quitar la mano ¿no? Momento de cambiar la bolsa puntiaguda de lado y pegarnos al tubo, abraza el tubo, el tubo es tu amigo, así ningún flanco queda sin resguardo. Bien, lo logramos, línea tres… Sección de mujeres, sección de mujeres… ¡Maldita sea, aún no está la división! Tapate las piernas, recárgate en la puerta, ya no falta mucho.

Quevedo, corre al camión, pero no tan rápido y no muevas tanto la cadera que luego se la toman personal y creen que va con dedicatoria. Otra vez el compa del microbús, chance si no le ves la cara no te hace plática. ¿A las cuántas veces de decirme que me veo bonita espera que suceda algo que no sea un “ya me voy”?

Por fin, tarde pero seguro, llegué al trabajo. En la koperativa (con k porque somos panks) somos al menos cinco mujeres y nunca he entendido porqué siempre le preguntan los precios y le quieren pagar a los vatos, aunque no sean de ahí. No sabía que se necesitaba un pene para contar… Después de unas cinco horas, o más, terminamos jornada.

De regreso paso por el puesto de revistas en lo que espero el trolebús. ¡Mira es un retrato perfecto del capitalismo! Ahí tenemos las revistas que gritan “invierte, endéudate y se un emprendedor” (con o), las otras que te susurran más bajito, pero más constante “gasta, gasta, que para eso se hizo el dinero, hay carros, video juegos y más… gasta comprador” (con o), después la ciencia al servicio de la técnica y las universidades como escaparate de la modernidad. ¿Hay alguna revista en la que aparezcan mujeres? Sí, claro, ellas también deben consumir (se). Belleza y producto: “Cómo perder veinte kilos en un mes”, “El secreto de (inserte nombre de famosa aquí) al alcance de tu mano”, y después, “Ve a (inserte nombre de famosa aquí) como nunca antes la habías visto”, “Mamacitas que también hay que festejar en este diez de mayo”… ¡Ay, de nuevo la guajolota!

Vamos para la casa: pégate a la puerta, ve atenta, recuerda lo que pasó la última vez por ir en otro mundo, ponte la chamarra, pégate al tubo, no sonrías tanto o creerán que coqueteas, seria, haz fuerza en la espalda y no dejes que te avienten o que te remitan a la esquina, camina rápido ya es de noche, voltea adelante-atrás-adelante, ten las llaves en la mano. Llegaste a casa, pasaste la puerta, estás bien (¿bien?).

Cada día me levanto emputada, ¿acaso ustedes sabrán por qué?

 

Imagen de portada tomada de:

https://culturacolectiva.com/arte/zachariah-johnsen-explosiones-de-color/

 

CUARENTA Y TRES

Por Ximena Corona.


Un número rojo en un camellón de una de las avenidas principales de la Ciudad

 

Es el número 43 en medio de Reforma es un curioso intento de recordar que 43 estudiantes de una escuela rural desaparecieron como en show de magia barato, así como desaparece el dinero público, el celular entre la multitud del metro, las promesas electorales, las mujeres que toman taxi, que suben a una combi o que sólo van existiendo por ahí; así como el mago desaparece a la modelo y todos nos sorprendemos y hacemos que creemos y él hace que cree que nos cree que le creemos y todos creemos porque nos divierte fingir.

Y a todo esto ¿qué les pasó a los 43 jóvenes normalistas? Y no me refiero a dónde están o quién se los llevó porque para esas preguntas tenemos nuestra cucharada de verdad histórica, la cual falló como sedante, pero, como efecto secundario, logró la falta de memoria. Me refiero a la idea, a la imagen, a la marca casi registrada en que se convirtieron: Los 43.

Pues el asunto es sorprendente porque después de ser Israel Caballero, Abelardo Vázquez, José Luna, Jorge Álvarez, Miguel Mendoza, Everardo Rodríguez, Julio López… pasaron a ser un número rojo en un camellón de una de las avenidas principales de la Ciudad, donde se alberga el Estado que con su máscara de mago los desapareció; a los dos meses con su máscara de justiciero los anunció incinerados en un basurero y más tarde con su máscara burlesca instó a superarlo.

Pero lo que a tres años de aquel septiembre no ha desaparecido es el monumento de Los 43, ése ahí está a la vista de todos, como mendigo ciego sin piernas en la banqueta, que incomoda, pero que a nadie inmuta; a la intemperie, donde golpea la indiferencia y los perros orinan cómodamente, frente a un, dizque, caballito amarillo y entre hoteles lujosos.  ¿Dónde más se puede encontrar la profunda soledad e indiferencia si no es entre la multitud?

Así mismo, ellos pasaron de la Escuela Rural de Ayotzinapa, Guerrero, a una de las zonas Inn de la Ciudad. Pero aquí no llegaron solos, les dieron muchos empujoncitos y uno de esos empujones lo dieron quienes compraban y quienes vendían en las marchas las playeras con la leyenda “Nos faltan 43”. Había para todos los gustos: la negra para el que se dice anarquista y la blanca para el que se dice pacifista y, como la temporada lo ameritaba, también había sudaderas con la misma leyenda.

¿Buscaban (buscan) lo mismo los padres de esos jóvenes que los vendedores y compradores de esas playeras? ¿Todos los que llegamos a estar en alguna de esas marchas exigíamos lo mismo o cada quién tenía sus +43 razones para estar ahí? ¿Buscaba lo mismo el estudiante, la maestra, la oficinista, el niño con sus papás y el obrero?

Pareciera que la disociación a causa de la constante competición (por el trabajo, la comida, la educación, el asiento en el pesero, la ficha en el Centro de Salud, el lugar en la unifila del IMSS, etc.) desemboca en un hambre voraz de querer pertenecer a algo que tenga o parezca tener algún sentido o propósito. Y surge de entre el horror la desaparición forzada de cuarenta y tres jóvenes y de repente a todos “Nos faltan 43”. Pero, como la indignación la vendían en forma de playera… pasó de moda.

Entonces, ¿qué alza ese +43 en Reforma? ¿La indignación, el coraje y el no-olvido de quienes lo colocaron ahí o la burla del Estado que lo adoptó para presumir y advertir los alcances de su atrocidad?

 

Imagen de portada tomada de:

http://reverso.mx/ejercito-ordeno-operativo-en-el-que-desaparecieron-los-43-anabel-hernandez/

SOLIDARIDAD

Por Leo Müller.


Sólo durante siete días.

 

“No conseguirán engañarnos a todos, aunque a veces, parecemos tontos”

Enrique Bunbury (el filósofo), Parecemos tontos.

 

Me asombra un poco saber que el nuevo nombre de la mano de obra barata se llama solidaridad. Este ligero y nuevo cambio lingüístico se da en tierras mexicanas, donde hace poco ha sucedido un terremoto. En efecto, miles de personas salieron durante una semana entera a hacer el trabajo duro, arriesgando físico y empleo, sin más retribución que una conciencia tranquila y un reforzado sentido del deber y el patriotismo; todo ello mientras los políticos e instituciones se tomaban un descanso a cuenta del erario público.

Elogios aparte, me da gusto el apoyo incondicional que la sociedad aportó durante una semana: seguramente siete días compensan décadas de egoísmo. Ya ven que Dios hizo el mundo en 6 días, y el séptimo no fue a trabajar para que nosotros no nos sintiéramos culpables de descansar ese mismo día.

Si la sociedad no hubiera apoyado, los medios tal vez no hubieran tenido un símbolo con el cual dar atole con el dedo al mexicano patriótico. Afortunadamente quedamos algunos ciudadanos de a pie que nos damos cuenta de la manipulación tan grande que se aplica sobre la sociedad. Se repetía y vociferaba que México es un país solidario.

No, señores, no lo es. Es un simple país más, uno más de entre el montón de países del orbe y sus distintivos no son precisamente la solidaridad porque, díganme si me equivoco, ¿no es acaso que ante las más aberrantes injusticias permanecemos en silencio?; ¿no es acaso cierto que a diario vemos mucha gente sin alimento, ni vestido, ni techo en las calles, y no nos organizamos para darles una mejor vida, mínimamente digna?

Que no los quieran engañar y ustedes no quieran engañar durante siete días. La solidaridad no ha durado más que siete días, tal vez les concedo catorce. En el fondo sabemos lo que somos porque nos miramos en el día a día dentro de la configuración de esta triste realidad, y si usted no lo ve así, es porque no es muy observador.

Yo no tengo nada que recriminar a aquel que se refugia en el celular, en los estudios o en el futbol para no mirar el fracaso de sociedad que somos, pero no me quieran venir con el cuento de la solidaridad, porque me pregunto si mi país es verdaderamente estúpido.

Sea feliz y si comienza a temblar, antes de pensar en el prójimo, ¡corra por su vida!

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

 

Imagen de portada tomada de:

https://elperiodico.com.gt/insolito/2017/09/20/estas-imagenes-muestran-la-solidaridad-en-mexico-tras-el-terremoto-de-1985-y-2017/

ESTORBOS

Por Leo Müller.


Posibles soluciones a un problema común.

 

Desde su definición etimológica se manifiesta su máximo don: es-tor-bar proviene del latín ex/turbare, palabra que sólo basta mirar con atención para saber que significa turbar, alterar o interrumpir el estado o curso natural de algo (según la útil Real Academia Española). Y sí, tienen un exquisito don natural para exasperar.

Nuestra venganza es saber con suma certeza que esa persona no permite fluir a los demás porque se sabe de antemano estancado en su insignificancia: no encuentran otra manera de llamar la atención ni ponen atención a nada; son un simple bulto en el camino.

Se antoja, cuando uno está de buenas, pedirles permiso, pero para qué, si ello implica la idea de que se merecen el respeto que no se han sabido ganar. Total, sólo duran el tiempo que tarda nuestro escalón en llegar al extremo opuesto de la escalera; sin embargo, no deja de ser injusto. Uno se percata de que tienen la vista perdida en cualquier cosa, porque son personas más bien estúpidas. No están cansadas, porque los que estamos cansados queremos llegar a nuestro destino; no están reflexionando, porque ninguno va leyendo; no están observando, porque miran sin importarles los demás.

Tienen a un paso la solución a su estupidez, literal. Basta con que se peguen al lateral derecho de la escalera y san se acabó. Pero no. Ellos dirán: “¡pues si no te gusta vete en taxi!”. Los estorbos tienen mucho de funcionario público porque creen que es mejor que cambiemos todos primero, porque entonces él por qué tendría que cambiar, ¡nooo ni madres!

Las opciones las he reflexionado mucho, sobre todo cuando voy sobre las escaleras eléctricas (pegado al lateral derecho, claro). Tengo dos: 1) Amputarles las piernas, porque nadie que tenga un impedimento real es un estorbo, sino la oportunidad para practicar la conciencia colectiva y la consideración hacia el otro; y 2) Acabar con las escaleras eléctricas y ni modo, todos a caminar.

Ya sé, ya sé, la segunda no es una buena opción, sino la expansión impune del imperio de los estorbos.

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

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http://almomento.mx/van-90-de-renovacion-de-escaleras-electricas-del-metro/

 

4 TAQUILLAS

Por Leo Müller.


Sobre la ineficacia del metro.

 

Aunque truene, llueva y relampaguee, el servicio de transporte está siempre preparado para alcanzar los mejores objetivos colectivos. Suele mantenerse la calidad de las instalaciones que se ponen a su disposición e inculcarse en los trabajadores una actitud servicial y resolutiva. Sí.

La noche comienza a colorearse más allá del duro y grisáseo techo de nubes que se acumulan sobre la población. Rayos plateados surcan los ninboestratos que sobre la urbe amenazan con producir el caos… clima épico éste que nos envuelve.

Aquí en Ciudad Universitaria, Olimpo del conocimiento, son las 8:15 pm y multitudes de alumnos llegan a la estación del metro Copilco para mirar una larga fila de ciudadanos esperando comprar sus accesos en la única taquilla abierta, aunque la panorámica ofrece a nuestros ojos una, dos, tres, ¡cuatro taquillas! A cada una la adornan unos letreritos muy bonitos de SÓLO BOLETOS (yo no sabía que se vendiera otra cosa) y las protegen cartulinas blancas o retazos de cualquier papel inútil.

Lo primero que piensa uno es que ahora para comprar un boleto es preciso realizar un trámite completo en el cual se compruebe, mediante original de acta de nacimiento, la nacionalidad mexicana; se expongan los motivos por los cuales desea usted utilizar no otro sino este medio de transporte, pero además comprobar mediante diversas pruebas que dichas razones son seriedad pura y no falsedades a verdad parecidas.

El tiempo para usted no vale nada. Usted sólo sale a la ciudad para pasar el rato, a mirar caras alegres; usted sale a desperdigar el tiempo en las filas que sean necesarias. Bien por usted. A lo mejor y los únicos que tienen mucho trabajo son los servidores públicos, por eso debemos tenerles paciencia por su sacrificio, pues es la razón por la cual hoy usted goza de tan lujosos servicios, hechos de retazos de papel inútil.

Ya cuando uno está en el andén, esperando, no sabría yo decirle exactamente por qué, se percata de que todos tenemos cara de idiotas. Quién sabe… será mejor pensar en por quién vamos a votar en las próximas elecciones (con su magistral sistema electoral, como el del metro) para que no se nos quede esa cara de tarados y pensar en cosas verdaderamente útiles, mientras nos arrebatan el tiempo.

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

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http://www.proceso.com.mx/456138/estudiantes-la-unam-pagaran-3-pesos-en-metro

 

 

CONSEJOS DE LLUVIA

Por Leo Müller.


La inundación de la ciudad.

 

El fabuloso niño que ayudó a usuarios del metro a no mojarse haciendo uso de materiales que el gobierno utiliza para la organización social es, ciertamente, una manifestación de inteligencia. Ese niño se echaría a perder si fuera a la escuela y luchara por llegar a la universidad, porque después sería científico o abogado.

Si fuera científico, en lugar de ayudar a las personas a no mojarse, diría cosas frías y calculadas como las que mencionó David K. Adams[1], las cuales, nadie entiende ni entenderá y de las cuales ni siquiera por enterados se darán:

“Climatológicamente, las actuales lluvias en el país son normales, pues la temporada comienza en mayo, generalmente con precipitaciones intensas, incluso con granizo. Continúan en junio y julio, y a mediados de julio y en agosto reducen su frecuencia durante la canícula (periodo más caluroso del año), aunque la intensidad es variable. Así que son lluvias fuertes, pero no anormales”[2]

¡Si fuera abogado peor! Buscaría ser el gobernador de una ciudad desorganizada, sucia, inculta, desobediente y que confunde la demografía con la democracia, el progreso con el aumento indiscriminado de cosas. Ni siendo abogado ni siendo científico, ni usando excusas ni palabras como climatológicamente, sería lo suficientemente útil como para decir lo evidente, lo obvio, lo que duele: ya somos demasiados y no nos soportamos. Ni Mancera soporta mi desobediencia ni yo soporto sus discursos, ni David K. Adams soporta mi ignorancia ni yo soporto su tono aparentemente objetivo, científico, pulcro, estudiado. Ni las personas dejarán de tener hijos ni el gobierno cambiará el funcionamiento habitual de las cosas, porque eso sí lo sabe bien usted, que fue a la escuela: las cosas siempre han sido así.

Pero no me haga caso a mí, sino a la lluvia. Si alguien sabe cómo solucionar los problemas que salieron a flote es la misma lluvia. Lluvia aconsejó hacer algunos cambios, ¿no sabía? ¿No vio a Lluvia en la tele ayer? ¿Ni en el periódico? La lluvia sin doctorado y sin ser de la UNAM, sin título, sin cobrar diez pesos ni impuestos, sin pedir que votemos por ella, nos dio algunos consejos.

La lluvia nos aconsejó cambiar a todos, sí, a todos los choferes de los camiones de transporte público de la ciudad; es más, aconsejó quitarle las concesiones a los dueños originales que se enriquecen con un negocio que promueve un servicio inútil, insano, inseguro, caro, feo, grosero y el cual encona la discordia entre la inocente población civil que sigue reproduciéndose aunque no existan ya camiones suficientes ni espacio para transportarse. El transporte público de la ciudad debe cambiar pronto, no sólo materialmente sino organizativamente. Es un completo insulto que se presuma a la Ciudad de México como una urbe con un gran progreso cuando la cofradía de los transportistas piensa en todo menos en la calidad del servicio. La lluvia radical.

¿Y el desempleo? ¿Qué hacemos con esos choferes? La lluvia nos dice que del ahorro de sus sueldos paguemos la limpieza del drenaje ¿o qué?, ¿no han visto lo poco limpios que son los paraderos, la impunidad con la que tienen alfombrada de basura la ciudad? No son los únicos pero sí claramente unos muy notables participantes. O mejor: si quieren recuperar sus empleos que limpien ellos las coladeras y tuberías. La lluvia se da cuenta de cómo se vuelven aún más insoportables estos servicios de transporte ante su presencia.

La lluvia también aconsejó destituir democráticamente a los servidores públicos incompetentes, es decir, a todos. ¡Ah querido lector! ¿Con este consejo si estás de acuerdo verdad? Te gusta culpar y dejar desempleados a los del gobierno porque ellos son los culpables. Los servidores públicos son el acabose de la pasividad. No se manifiestan, no critican, sólo cobran y obedecen y se manejan por envidias y luchas para ascender, para seguir siendo igual de incompetentes. Las obras que deben supervisar y cuidar, porque se construyen con el dinero de todos, siempre salen mal. Mal el drenaje, mal las calles, mal el cableado, mal, mal, mal. ¿Pues para qué ocupan sus puestos? ¿Para salir en las fotos? ¿Para llegar a la presidencia? La lluvia democrática.

Después la lluvia nos aconsejó no tener ya hijos: “¿No ven lo mucho que envejece esta ciudad? ¿No ven lo agotados que están de todo? ¿No se cansan?” Preguntó. “No”, pensé, “Tenemos cada día una mejor calidad de vida. Además las personas son muy organizadas y empáticas. Nuestros sueldos son de los mejores del mundo y nuestro drenaje y nuestras obras también”.

Sobre el futuro de la ciudad la lluvia me dijo que será una catástrofe si no nos atrevemos a cambiar el funcionamiento habitual de las cosas. Todo se enreda cada vez más con el tiempo. A la cada vez más creciente exigencia de empleos, educación, comida, amor y salud se suman la cada vez más creciente ignorancia, pasividad, desvergüenza, insensatez, corrupción, desorden y odio de todos, pero principalmente de los encargados de ser nuestros servidores, no nuestros amos y señores montados en helicópteros. ¿No necesito abundar en esto o sí?  La lluvia sensata.

En su debido momento de entusiasmo mediático, David K. Adams dijo:

“En la ciudad se hacen esfuerzos ingentes por mantener en funcionamiento las estructuras hidráulicas, se detiene el agua con vasos reguladores en las montañas y se realiza todo tipo de manejos para que no se anegue. En el momento en que desaparezcamos como ciudad, que será en cientos o miles de años, ésta regresará a ser una cuenca lacustre”.[3]

¡El científico aventurando cosas que no se pueden comprobar! ¡Santos paganos de la ciencia, Batman! A ver, investigador, deja de usar lenguaje literario porque dices mucho la ciudad hace… la ciudad dice… como si la ciudad hablara e hiciera cosas, personificando donde no hay hechos comprobables. Y lo más importante, ¿qué tal si terminamos agotando toda el agua como depredadores que somos y secamos la tierra antes de que regrese a ser una cuenca lacustre, como dices tú. Te dan una oportunidad para que digas lo que sí tiene comprobación y evidencia y te pones a filosofar, ¡muy padre tu ciencia!

No hagan caso a los charlatanes de la disfrazada ciencia. La lluvia nos ha dedicado un buen tiempo para tocar fondo acerca del estado en el que nos encontramos como colectividad y basta mirar un poco para comprender que las cosas no pueden seguir funcionando de la misma manera, a menos que queramos ir directo al acabose.

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

Fuentes consultadas:

[1] http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/extrema-urbanizacion-causa-de-inundaciones-en-la-cdmx-expertos.html

[2] http://www.animalpolitico.com/2017/09/lluvias-inundaciones-cdmx-atipicas/ (Subrayado del texto original)

[3] http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/extrema-urbanizacion-causa-de-inundaciones-en-la-cdmx-expertos.html

 

Imagen de portada tomada de

https://lasillarota.com/metropoli/consejos-para-sobrevivir-en-temporada-de-lluvias/160754

BATALLAS

Es preciso que no nos demoremos en elegir nuestra batalla del catálogo infinito de batallas cotidianas que debemos pelear aunque sea sólo emotiva o mentalmente…

Por Leo Müller.


El funcionamiento cotidiano.

 

Izquierda contra Derecha; UNAM vs Politécnico; Estados Unidos contra México; México contra Venezuela; Inmigrantes contra Nativos; Humanidades contra Ciencias; Ubers contra taxis; Santo contra Blue Demon; Batman contra Guasón; Humanos contra Extraterrestres… Hombres contra Mujeres; Feminismo contra Machismo.

Es preciso que no nos demoremos en elegir nuestra batalla del catálogo infinito de batallas cotidianas que debemos pelear aunque sea sólo emotiva o mentalmente: ¡todo sea por no perder mi identidad! Si no sabe cuál es su batalla, elíjalas todas y, conforme lo demande el flujo informativo, indígnese y emita imágenes y discursos de repudio por sus redes sociales. Organícese una marcha y después vuelva a empezar y vuelva a empezar y vuelva a empezar. Pelee, pelee, pelee. De golpes al vacío y grite a la pared lo mucho que la odia.

Sabremos con el tiempo, tal vez un día que vaya caminando (porque usted camina, no puede ir en automóvil) que estamos condenados al fracaso y a la falsedad. Esa es la idea. Usted sentirá de pronto que carga con una especie de cansancio interior, un cansancio como del alma. Una vez que haga conciencia de esto, recordará todos los esfuerzos que ha hecho por evitar vivir con esa carga y sabrá que todo es inútil. Usted está obligado a elegir la batalla, a defender y emitir una opinión, aunque se canse. Cada batalla generará otra batalla y otra y otra y otra. Todas de alguna manera virtuales, todas de alguna manera derivadas de la realidad.

Hay una especie de aire de ira, desprecio, odio y miedo en nuestra sociedad. Anquilosada como ha sido durante tanto tiempo, dura y violenta, nuestra sociedad trata de evitar esta lúgubre ambientación de sí con las luces emitidas por la pantallitas de sus celulares, con los faros de sus autos, con las series de televisión y el cine, con los libros y los títulos y cargos de toda índole, es decir, con todas esas cosas que difícilmente le reflejarán su monstruosidad. Porque si acaso algo sostiene nuestra común convivencia es nuestro gran gusto por el desparpajo y el disimulo, por la calma y el ritmo ininterrumpido de la vida, aquella que defendemos con actos sólo en nombre de nosotros mismos, pero de palabra en nombre de las grandes causas ya caducas desde hace tiempo. Por eso me parece extraño este circo de sombras que de mañana va a la escuela y por la tarde comenta en Facebook aquello que le preocupa de la sociedad, no de sí mismo, no la autocrítica sino la cursi y llana emisión de sonidos de falso compromiso. Hoy crítico de la epistemología literaria, mañana defensor de los masacrados… ya mañana violaran a una mujer y será mi compromiso incansable el que hable por mí. Total, si no lo hago yo, tarde o temprano alguien lo hará.

Así como algunos no pudimos con el fanfarrón de la esquina cuando éramos niños, algunos nunca pudieron cogerse a la modelo de televisa por zarrapastrosos, pobres y feos y quedaron con el rencor ahogado… y ahogados ahogaron lo único que de luz puede arrojar el mundo: luces falsas y viejas y burdas… como de putero. Porque ¿no es acaso que el mundo es el teatro que a diario me muestran todos cuando dicen vivir por las causas y los supremos bienes civilizatorios y comunes? ¿Yo? ¿Identificarme con alguna lucha? Sí, la de contra todo y por nada a cambio, porque para qué, si hoy puedo disfrutar el fruto prohibido que no probaría nunca si luchara por sus causas estúpidas. No se hagan, hijos de puta: ¿Quién lucho por mí para que no quedara zarrapastroso, pobre y feo?  ¡Cuántos prefieren financiar el teatro de la civilización en lugar de mirar el gratuito paisaje de pobreza y miseria en silencio! Sin opinar, porque aunque no lo parezca nadie les preguntó. Y si acaso tuvieran algo que decir ¡luchen una y otra vez hasta el cansancio!

Mientras usted hace eso yo me encargo de las regulaciones, los impuestos, las culpas, las sentencias, las compras, las importaciones, las exportaciones, la diplomacia, las multas, las leyes, el conocimiento, los pactos, los arreglos, la corrupción, la vigilancia, los castigos, el orden, la educación, el hambre, los descuentos, las comunicaciones, las calles, la iluminación… y como Hidra de Lerna me invento una institución (falsisisisisisísimo uso de la palabra institución) más y una más y una más y una más porque el teatro (falsisisisisisísimo uso de la palabra teatro) que usted paga es de gran producción. No lo olvide.

Otra cosa que regulo son las credenciales para el uso de adjetivos que además yo pongo a circular entre ustedes, ovejas del lenguaje que, cuando yo comienzo a ponerme muy abstracto y usted se espanta, adjetivan con gusto y sin freno: feminazi, chairo, burgués, puta, retrógrada, pendejo. Ahí diviértanse, vulgares y pobres ciudadanos del cosmos. Y si me necesitan, no se preocupen, estoy entre ustedes… infiltrado por supuesto. Tengo pretensiones de pastor del ganado que ustedes siempre representarán para mí.

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

Imagen de portada tomada de

http://noticiastln.com/todossomosmara-justicia-para-mara/