BIGOTITOS

“En una playa próxima a cierto golfo crece un robusto y verde roble. Un gato sabio, sujeto al tronco por una cadena de oro, da vueltas sin cesar en torno a él. Cuando corre  a la derecha, entona una canción, y cuando corre a la izquierda se pone a contar un cuento.”

Ruslán y Liudmila. A. S. Pushkin

 

Ayer, 25 de junio del 2018, cerca de las siete de la tarde, vibró mi celular, anunciándome con un mensaje una noticia lamentable. La leucemia terminó la vida de Milito.

La lluvia fuerte caía de un cielo negro. Me encontraba en la biblioteca con mi último mejor amigo. Estábamos alegres, brinque y brinque, salte y salte, risa y risa porque teníamos las aceras para nosotros solos. Siempre estuvimos cansados de la sabiondería habitual. Y la risa visceral es la única que nos queda para no encarrilarnos en vías de la insanidad cotidiana. La alegría estaba en nosotros, un poco de escarnio y gracia nos hacen el día. Él pagaba una multa, el muy deudor, y me prestaría también los Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce; en cambio, yo buscaba poemas de Mario Santiago, que en esas cumbres de los estantes empolvados nadie leerá.

La vibración en mi bolsillo, como un ronroneo, mensaje leído, boca en pausa. Yo me puse amargo, el mensaje no lo avizaba, y por el momento, a mi amigo el infra yo no le avisé.

Milito era un gatito muy serio, como un teniente, en constante firmeza, bien parado, al menos yo así lo conocí. Las más de las veces, pese a la firmeza, se le veía taciturno, con los ojos achicopalados, delicados, como en x, como diciendo que estaba agotado. Tengo en la vaga memoria el amable recuerdo de que siempre comía pollo hervido. Le encantaba esperar por el pollo, mientras que con su mirada melancólica se sentaba en una silla de madera, y observaba y observaba a por el pollo.

Milito tuvo hace tiempo un último mejor amigo también, Solecito. Ambos eran el dúo dinámico de la mininidad. Ambos de pelaje dorado eran, prestos a las corretizas y al jugueteo gatuno. Eran muy, muy íntimos amigos, se les notaba a leguas. Solecito era como el cabo del general Milito, y aquél iba siempre a probar primero la comida. Si a Solecito no le gustaba, era sabido que a Milito tampoco le agradaría. En muchas ocasiones se notaba cómo Milito regañaba a Solecito, ignoro los motivos. Así es la amistad, aunque dura, se habla desde la abundancia del corazón, y las boquitas de los felinos también maúllan desde sus coranzoncitos.  Solecito hace tiempo que había pasado a mejor plano. Desde entonces, Milito nunca fue el mismo tampoco. ¿Cómo se puede ser la misma persona cuando se ha ido de nosotros el más amado, el compañero de idas y venidas? Y sin que hayamos podido evitarlo… lo perdemos, lo perdimos…

La gordita Chiquis, cariño de grisáceo, también hace dos meses que murió, creo que de leucemia también. La última vez que la vi, estaba ya muy enfermita. Babeaba. Siempre su actitud fue muy amedrentada, como temblorosa, podría decirse que una timidez solitaria. Su hermanito el Gordito, el gato más grande y más carnoso que he visto en mi vida, le sobrevivió. En su momento le decíamos que estaba bobito porque se nos quedaba mirando con una inocencia eterna. El Gordito quería mucho a su hermanita, la bañaba al lamerla. Cuánto de cariño entre hermanos gemelos puede existir, es sólo algo que ellos conocen y  sienten en su corazón par.

Al buen Benito poco lo llegué a tratar, lejanas memorias fragmentadas encuentro a pesar de todo, y completadas por las anécdotas familiares, permanece la remembranza de un gatito chiquito chiquitito, gordito y pachonsito, que ronroneaba al momento de abrazar tu pie. Unos bigotitos y unas patitas es lo que en claro tengo en mi memoria, la carita se me difumina entre su pelaje oscuro. Y su pechito, también su pechito. Adiós Benito, me hubiese encantado conocerte durante más tiempo, hubiese querido que llenarás de pelitos mis playeras negras.

Así la vida, se nos escapa de las manos como un gato trepador, pero el poco tiempo que la abrazamos, podemos regocijarnos abiertamente como cuando acariciamos el lomo de un animal añorado.

La familia aún sigue viva, la familia no se rompe todavía. El amor de familia no se quebranta, se fortalece en los pesares y las durezas momentáneas, vicisitudes que se esfuman con fe y amor auténtico. La familia sigue viva, y la manadita: La Güizzita, nerviosita hasta más no poder; Rabito, el gatito loco de inquietud; Manchitas o Rabita, hermana de Rabito, guardiana de la puerta del WC; Yuyita, argéntea en pelaje y fuerte como una leona; Smooky el gris también nombrado el Malito, el gato más malvado de bondad en el mundo; Danilito, gritoncito de ojos azules, felino de nieve; Negrita, flaquita trepadora; el Gordito, el gato más corpulentamente inocente del mundo; Pintito, lleno de amor y mordidas repentinas; el Güero güerito, calzón de cuerito; Morenito, morenazo de fuego, güapo como ninguno; Negrito, el que no maúlla sino que ladra, eternamente empolvadito en su pelaje; por poco se me olvida el Carolín, de cara aplastada y vista enojada; y la más sabia y adulta entre todos, la líder, la jefecita, la de más respeto, la mayor, de visión gastada por la edad, la madre, de una u otra manera, de todos, la pequeña Kitty, con su campanita entorno al cuello.

No es tiempo de llorar, es tiempo de mover los pies con paso alterno, es momento de corretear y de volcarnos barriga arriba, es momento de ronronear y demostrar cariño, porque dice un poeta perdido que el alma del hombre es pura, pese a la monstruosidad que ahora aparece, y que, cuando vemos los ojos cándidos de un gatito, un animalito, sentimos su inocencia, y nuestra alma retorna a este estado primigenio de pureza.

Y es cierto. Siempre que llego a casa, hastiado de los problemas mundanos, desconsolado, frustrado y decepcionado de la vileza del hombre, dos bigotitos me reciben en la puerta: dos mininos, mi Blanquito de ojos celestes y mi Güerito de ojos doraditos, dos criaturitas llenas de cariño y de inquietud gatuna. Basta con ver sus ojitos pizpiretos para que me imbuyan un sentir de serenidad, y junto con su ronroneo y volteretas barriga arriba, me instan a que juegue con ellos y los acaricie. Mi amargura cede a una sonrisa. Se da carrera a la alegría.

Si el mito no miente –así debe ser-, Milito, Solecito, Chiquis y Benito, y todos los gatos del mundo, se van a rencontrar en un lugar mejor. En el reino inmenso y majestuoso de los gatos.  ¡Que así sea!

 

Y allí estuve yo… Bebí dulcísimo hidromiel, vi aquel roble verde, y también, a su sombra, al gato sabio, que me contó buenos cuentos de los suyos. Y uno de ellos lo recuerdo, y voy a contarlo ahora al mundo entero…”

🙂

 

Imagen de portada perteneciente a Lucio Severiano*.