AGRESIONES SEXUALES EN LA UNAM

A veces los chamaquitos se alocan. Incluso, por tantos problemas que uno carga cuando es joven, busca meterse en otros tantos, ya incluso asegurado el lugar en la universidad. Por eso mismo debe pensarse que las protestas para denunciar las agresiones sexuales acometidas por parte de maestros de historia, de informática y de un humilde trabajador de una cafetería en Prepa 5, Prepa 9 y CCH Vallejo respectivamente, son un invento más de la chamacada alocada fiestera.

De parte de algunos que aprovechan estos sucesos para ejercer su inalienable derecho  a la apatía y la indiferencia, o sea, de aquellos que no tienen de qué quejarse porque a ellos no les pasó nada, podemos esperar un silencio que, a decir verdad, no viene nada mal, porque no suelen tener nada interesante qué decir en ningún momento, sino siempre puras banalidades; y de parte de las autoridades de la universidad no cabe esperar nada nuevo: lo negarán siempre todo, incluso antes de investigar.

A algunos (la mayoría), les parece esto una contradicción: ¿cómo? ¿En la máxima casa de estudios (epíteto rimbombante, que suena como a penal de máxima seguridad de Almoloya), lugar donde se enseña el método científico, no se investigan los casos de agresiones sexuales contra sus alumnas? Pues no. La tradición escolar dicta que el alumno nunca tiene la razón.

En realidad, el modo en que funcionan las escuelas consiste en hacerle creer al alumno que se le está dando algo que nunca aparece: criterio, conocimiento, interés, entrega, creatividad y sobre todo, aquello que el discurso nacionalista exalta, ideas para mejorar nuestro país.

Pero ya ven, todo mundo quiere estar allí y todos se sienten parte de una gran misión celestial cuando acceden a la UNAM. Se obnubila el alma cuando en esa utopía general pasa algo que no concuerda, y siempre será mejor encubrirlo, no creerlo, taparlo, negarlo, porque si no, el sueño pierde esa aura áurea dentro de la cual todos parecemos diosas y dioses, héroes y heroínas (véase la gaceta de la UNAM).

Pero ahora cada vez es más difícil ocultar lo pedestre y silvestre de nuestras instituciones. Aunque el rector se empeña en difundir que en su territorio todo es lindo y aséptico, ahora también sabemos cuán incompetentes son las áreas jurídicas de la UNAM y cuán cerdos pueden llegar a ser su profesores hombres.

Heidegger fue discípulo de Husserl; Freud lo llegó a ser de Charcot; Marx lo fue de Hegel. Eso, en los libros, significa que aprendieron a refutar a sus maestros, a discutirlos, a contradecirlos. ¡Y miren qué resulto!

En cambio, yo fui discípulo (hace tiempo) de la maestra Reynalda, que daba pena; y hoy lo soy de otros tantos ridículos, ya en la polis sofocósmica. Y eso en la realidad quiere decir que si yo quisiera discutir con ellos sería imposible, ya sea porque no les interesa, ya sea porque piensan que yo debo obedecer y aprender, ya sea (lo peor) porque no saben, porque son más ignorantes.

Así, cuando un alumno tiene un ideario, un criterio, una pasión (que se supone que es lo que las escuelas se atribuyen fomentar en sus alumnos), las figuras de autoridad de las escuelas se dedican a ignorarlo y a callarlo, y a poner peros y trabas. Y si las alumnas de las escuelas dicen que sus profesores hombres las acosan y pretenden abusar sexualmente de ellas, las califican de mil maneras y las cuestionan (como no se permitiría hacer a ningún maestro o director); luego, las figuras de autoridad se hacen chiquitas chiquitas y dicen ignorar: perros mentirosos. 🙂

 

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https://www.animalpolitico.com/2018/02/abuso-sexual-cch-vallejo/

FILÓLOGOS ANTE EL DESASTRE

Por Leo Müller.

¿Para qué sirve un filólogo en un terremoto?

 

Sin duda los filólogos son los más habituados a buscar entre los escombros. De entre las ruinas de la historia han rescatado textos que valen por su calidad literaria, su profundidad filosófica y su invaluable testimonio de tiempos olvidados.

A pesar de su demostrada capacidad para lidiar con los desastres, nadie solicitó un filólogo el día del terremoto; en cambio, se solicitaron ingenieros, arquitectos, psicólogos y abogados. Incluso, pasados algunos días, se solicitaron artistas para recaudar fondos en un conciertazo en el Zócalo, se solicitaron políticos para hacer valer la ley, se solicitaron empresarios para que aportaran recursos económicos y reconstruir lo que tuviera que reconstruirse.

Yo no voy a culpar a nadie por no requerir a los filólogos ante el desastre, pero los estudiantes de Letras Clásicas de la UNAM se pusieron nostálgicos, casi grises, porque nadie los invitaba a participar, y como nos les bastaba con aportar a los centros de acopio porque: ¿cómo? Soy un estudiante de la alta cultura Griega y Romana, soy importante, soy importante y debo poder ayudar con el poder de las letras, comenzaron a buscar formas de ayudar, de solidarizarse como dicen.

Así fue como pronto idearon una forma de ayudar, ya antes vista y súper reconocidísima por todos, a saber: leer poesía en las calles. Después, ya entrados en confianza, iniciaron la rifa de libros para recaudar fondos. Este tipo de iniciativas, como suelo pensar, rebajan la magnitud del problema y me dejan frente a un triste panorama: los compañeros estudiantes no saben qué hacer.

No saber qué hacer es válido y reconocerlo es un buen principio; sentirse obligados a ayudar y hacerlo por hacerlo es una farsa. Faltos de guía, consuelo y explicación, los estudiantes continuaron con la fiesta de las rifas y la nostalgia triste menguó, se alivianó con el tiempo. Aun así, nunca supieron por qué nadie los solicitó y la cuestión sigue abierta, sin respuesta, a discusión.

Para soliviantarlos y comenzar una alegre disputa alrededor de aquella incógnita, ya instalada la deseada normalidad burocrática de las universidades, expondré mi reflexión para que no se les gangrene el cerebro colectivo, para que no se enfríen gargantas y palabras, por la cuales siento, yo también, tanto amor.

Para comenzar por lo más sencillo, como siempre, es evidente que muchos mexicanos apenas y han leído las novelas de José Emilio Pacheco, y eso porque se las dejaron en la secundaria; también, el habitante promedio de nuestra folclórica nación repudia a Cervantes desde la primaria y cree que Cien años de soledad es la obra más grande de todos los tiempos porque así se lo informaron: no sabe ni porqué, ni le interesa. Así que: ¿cree usted que el pueblo sabe qué es un filólogo? ¡Pues por ello no los ha solicitado!

Letras Clásicas aún no ha difundido lo suficiente la utilidad de sus conocimientos ni las virtudes de su saber. Alguna vez hubo un intento de difusión. En inmemoriables e inenarrables tiempos, intentaron mezclar un poema con el reggeton y aquello no salió muy bien. Han ocultado esa vergüenza con recelo y a pesar de todo la mentira se ha guardado bien entre nosotros, como un parricidio planeado entre hermanos. Gracias a DJ Chango por su interés en difundir la cultura. (https://goo.gl/PiiwLt) Este video es una joya literaria y documental en “sí misma”.

Después de descubrir que siempre se puede estar peor, pasemos a la siguiente razón por la cual nadie solicitó un filólogo en el sismo: porque los filólogos no hacen cosas prácticas. Los filólogos trabajan con algo que el ciudadano vulgar, aquel que todo lo resuelve con los músculos, considera demasiado abstracto: la palabra. Aquella consideración fría, ignorante y descortés no ha sido desmentida por los estudiantes. Todo lo contrario, ha sido reafirmada. Se pusieron a leer poemitas en el centro de Coyoacán a cualquier vago que se les atravesara.

Ahora bien, si me preguntan, el título de ingeniero y arquitecto les quedó muy grande a los estudiantes de esas respectivas facultades. Lo único que tenían que hacer para evaluar los daños estructurales, según los cursillos que dieron en Arquitectura, era interpretar símbolos, es decir, grietas… un trabajo muy contemplativo para aquellas bestias. Ese trabajo era, más bien, para los filólogos.

La última razón que pienso dictar, porque ya me cansé y son muchas, y la cual considero que es muy importante, es que al ciudadano promedio no se le ocurre pensar que la literatura tenga algo que ver con los grandes problemas, y todo por una confusión entre palabras. Confusión que siempre existirá pero de la que no todos están conscientes.

Ahora sí, ya llegué a lo abstracto, afinen sus oídos y preparen sus refutaciones.

La Literatura, así en general, Universal o Local, afina algunos sentidos que bien desarrollados ni falta haría hacer la pregunta tan consabida: ¿y para qué sirve? Porque de entrada, una pregunta tan arrogante siempre es hecha por alguien que confunde demasiado las cosas. A ver, ¿cuántas cosas de las cuales hace usted a diario son útiles, querida tía Margarita? ¿A poco México es una nación útil, pragmática? ¿Esta sociedad pendeja que lee poemas y vota cada seis años para elegir a un mandril por líder es una sociedad de cosas útiles? Confundidos así, los preguntones creen que los ingenieros, los arquitectos, los abogados, los médicos, los rescatistas, los políticos son útiles sin haber pasado por la literatura porque de ella, por supuesto, no podrían obtenerse los conocimientos para saber actuar ante un desastre. De lo anterior se deduce que tales profesionistas no leen, cosa que no es tan complicado observar. Ya se ve por qué alaban tanto a una perra llamada Frida: la predilección mexicana por las analfabetas. Ay, si la perra hablara.

En fin. Para redondear, tampoco es que leer sea todo, nadie dijo eso. Ya sé ve qué pasa cuando sólo se lee: se pronuncian poemas ininteligibles y se rifan libros. Mal, mal, mal.

Alguna vez intentamos aportar también a la movilización por los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Tanta hipocresía disfrazada de interés me hizo ver lo mojigatos que son los universitarios y también me mostró la confusión en la que me encontraba sumergido, además de ver que lo que realmente les hace sentido es obtener un título que los haga sentirse mejor consigo mismos, cosa que no está del todo mal, pero eso no es lo que aparece en su discurso.

Ciudad Universitaria, México.

leo.muller.platz@gmail.com

 

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